Nadie podría pensar que esto pudiera ser llevado a cabo por un Papa. Pero este Papa rompe todos los moldes, los hace pedazos, los vuelve contra aquellos que califican a la Iglesia de retrógrada o sus contrarios, los que la acusan de liberal, progresista, socialista o modernista.

Había que enfrentar el tema de los abusos sexuales de menores por parte del clero (y su encubrimiento) como tema principal, no secundario, del desgaste que actualmente sufre la Iglesia católica en todo el mundo.

Reunidos los presidentes de las conferencias episcopales de los cinco continentes en Roma, la propuesta del Papa Francisco es muy clara: enfrentar el tema, escuchar a las víctimas, prevenir (hasta donde sea posible) que se repita, no jugar con el dolor ajeno, sanar, avanzar en la misericordia, ser transparentes, poder ser mirados sin recelo por la sociedad, hacer de la Iglesia un lugar seguro para los menores, destapar las cloacas y dejar de generalizar.

Hay demasiada santidad en la Iglesia como para que unos cuantos lobos de dientes afilados la enturbien. El Papa Francisco ha demostrado que no tiene miedo, que su reforma va en serio y que la «tolerancia cero» ya no es algo a decidir, es algo a saber por todos los que componemos la Iglesia (no nada más los sacerdotes, ojo).

Si la prensa secular está esperando «resultados concretos», si los detractores internos del Papa están esperando (como pide el arzobispo Viganò) «su conversión», pueden quedarse sentados esperando. No es por ahí por donde el Papa quiere que se cuele su misión de confirmarnos en la fe. Francisco, como el santo de Asís, recela de las fórmulas y de las recetas para «acabar» con el pecado. Solamente la conversión al amor salva al hombre y salvará a la Iglesia. Solo eso.

El Observador de la Actualidad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de febrero de 2019 No.1233