Por Mónica Muñoz

“No se ha ido para siempre, sólo reposa hasta el momento de volver a verse”, dijo el sacerdote a la afligida familia que despedía a su padre, que había fallecido de manera inesperada.

Ciertamente, nadie está preparado para el momento de la muerte, ya sea de la propia o la de un ser querido. Ese es uno de los acontecimientos más duros de enfrentar para el ser humano porque el deseo de supervivencia es más fuerte que cualquier otro, por eso nos cuesta trabajo entender tal realidad, que, dicho sea de paso, deberíamos tener presente constantemente porque es parte del proceso natural de toda vida que inicia efímera y finita, y que concluirá tarde o temprano.

Además, es difícil aceptarla porque estamos tan apegados a nuestros afectos que pensar siquiera en dejar de ver a alguien que amamos, significa entrar a un estado de suma tristeza y en algunos casos, de desesperanza y hasta depresión. En ocasiones, el dolor puede convertirse en una emoción insana si no se canaliza adecuadamente.

Pero, ¿cómo enfrentar una pérdida?, no es sencillo, porque la muerte implica sufrimiento y separación perpetua, por lo menos en este mundo. Para esos casos no hay palabras que den consuelo porque se sabe que es irremediable, no por nada hay un dicho popular que reza “todo tiene solución, menos la muerte”.

Y como la muerte es un tema aún prohibido en muchos países debido al miedo que despierta, se ha visto la necesidad de estudiar la forma de mitigar en algo el trauma psicológico que provoca en las personas pasar por este trago amargo. Uno de esos estudios es la “tanatología”, y en México existe el Instituto Mexicano de Tanatología, A.C., que la define como una “­disciplina científica que se encarga de encontrar el sentido al proceso de la muerte”.

La página del Instituto menciona que ante esta situación, surge el duelo, definido como el “estado de pensamiento, sentimiento y actividad que se produce como consecuencia de la pérdida de una persona amada o algo significativo para nosotros, asociándose a síntomas físicos y emocionales. La pérdida es psicológicamente traumática en la misma medida que una herida o quemadura, por lo cual siempre es dolorosa. Necesita un tiempo y un proceso para volver al equilibrio normal”.

Es claro que quien comparte su dolor lo superará de mejor manera. Por supuesto, nunca se dejará de amar a esa persona, el amor no se pierde, sólo se transformará en la esperanza de volver a encontrarse en el cielo, según creemos los cristianos de todas las denominaciones. Esa esperanza es la que nos mantendrá firmes y serenos cuando el momento de la separación física llegue.

Por eso sería muy bueno proponernos hacer a diario el ejercicio mental de entender que la vida es corta y hay que aprovecharla realizando obras buenas, aprendiendo cosas nuevas, haciendo el bien a todos, aún a aquellos que nos hayan hecho daño, a no guardar rencores inútiles, a vivir al máximo cuidando de nuestro cuerpo y espíritu, a pensar que todos cometemos errores y tenemos derecho a una segunda oportunidad, a decir a nuestros seres queridos cuánto los amamos. Además, abracémoslos lo más que podamos, no nos guardemos los besos que no podremos darles cuando ya no estén, porque no sabemos cuándo será el último día que los veremos.

Y sigamos el buen consejo que da el Papa Francisco para los esposos: si pelearon durante el día, no se vayan a dormir sin hacer las paces. Esto deberíamos ponerlo en práctica con todos nuestros seres queridos, familiares y amigos. Si hubo algún malentendido, un enojo o algún roce, olvidemos el orgullo y ofrezcamos una sincera disculpa. No hay nada más triste que perder a alguien con quien estábamos enojados, pues nunca más habrá oportunidad de pedirle perdón.

Agradezcamos cada día que Dios nos permite amanecer y amemos a nuestros seres queridos sin medida, preparándonos a diario para el momento en que tengamos que decirnos adiós definitivamente… al menos por un tiempo.

¡Que tengan una excelente semana!