Por José Francisco González González, obispo de Campeche

Avanzamos el tiempo cuaresmal. Ahora estamos en el III Domingo. La Primera Lectura nos manda a un texto del Éxodo 3,1-8.13-15.  Allí nos sitúa en la figura de Moisés, quien ha huido de Egipto. La razón la sabemos: quiso ejercer justicia ante los abusos de un egipcio hacia un israelita, y se le pasó la mano, lo mató.

Es un fugitivo, buscado por la justicia egipcia, a causa de un homicidio cometido. Ahora, él se encuentra en otro lugar: en Madián, una tierra no bien precisada en su geografía. No obstante la imprecisión de la ubicación de Madián, ese lugar es un escenario muy importante en el mundo bíblico, pues allí se considera como la cuna del Yahvismo; es decir, el lugar donde se ubica la importancia de Dios-Yahvé en el centro de la vida religiosa del pueblo de Israel.

La manifestación de Dios a Moisés, que pastorea en el monte, es en forma de fuego. El fuego está encendido, pero no se apaga. Desde dentro de esa zarza ardiendo sale la voz de Dios, quien se dirige con su voz a Moisés. Esa es una manera privilegiada para hablar de una teofanía; es decir, de una manifestación de Dios. Así lo vemos en el caso de Abraham (Gen 15,17) y lo narrará más adelante el libro del Éxodo referido a Moisés (Ex 19,18).

MOISÉS LLEVA MENSAJE DIVINO

El pasaje central está en la vocación y misión de Moisés. La narración va a legitimar a Moisés como mediador de una liberación que es salvación de Dios. Si leemos con atención, el relato no da un relieve especial a Moisés; más bien, el propósito principal del autor bíblico es resaltar cómo un profeta (Moisés) escucha el querer de Dios. Y, entonces, el mensajero llevará la noticia divina al pueblo oprimido y, también, al pueblo opresor (Egipto).

Moisés reconoce su incapacidad para tal empresa. Por eso, Dios le refuerza su flaqueza con la aclaración: “Yo estaré contigo”. No será, pues, Moisés el protagonista de los acontecimientos venideros, sino Dios mismo. Por eso, la enseñanza es que Dios libró a su pueblo de la servidumbre de Egipto.

Dios es quien ve la opresión de Israel. Dios es quien escucha el clamor del pueblo. Dios es quien se compromete con este pueblo a través de sus padres. En fin, Dios es quien desciende con el pueblo y lo salva.

DIOS PROCURA LA LIBERACIÓN

La revelación que Dios hace de su Nombre es para dar legitimización a Moisés como mediador de esta liberación. Moisés, en efecto, hará, con el Nombre de Dios, creíble su misión, pues en la revelación del Nombre le acompaña la realidad del Dios nombrado.

El relato da una explicación del “Nombre”. Allí está un gran valor y la originalidad de Israel.  La raíz del verbo “hayah” (ser) se puede traducir como “Seré el que seré” o, también en tiempo presente, “Soy el que Soy”. En otras palabras no hay, en la revelación, un sustantivo. Pero lo que parece quedar en claro es que el nombre quiere afirmar el “ser” en el sentido existencial y de presencia: estar efectivamente ‘con’ y ‘para’.

En este caso, el Nombre hace referencia a la obra y a la acción.  La definición de Dios, por tanto, es la obra que va a realizar y por la cual le van a conocer. Por el contexto entendemos que se trata de la obra salvadora. En ese contexto se entiende la aclaración del Nombre en el estribillo repetido en la gesta del Éxodo: “Sabrán, sabrán los Israelitas, sabrán los Egipcios , que Yo Soy”.

La revelación del Nombre de Dios no es sólo una cosa de nombre. Eso sería muy pasivo y se convertiría en un ídolo. Más bien la revelación indica la dinamicidad del Nombre de Dios, y ese ‘Nombre’ no termina nunca de revelarse; siempre está nuevo en su presencia activa a la fe de los creyentes, los cuales lo están conociendo siempre de nuevo en su acción reveladora.