El Estado no debe preferir una religión, pero debe reconocer sus aportes. La libertad religiosa se convierte en una lucha interminable por convicciones, planteándonos una tarea permanente cuando hay conflictos y tendencias; es un asunto cultural que no puede ser soslayado por ninguna sociedad

Por Sergio Estrada

Durante el «Foro Interamericano de Colaboración y Diálogo Interreligioso sobre Libertad Religiosa», realizado en el Senado de la Republica el pasado 15 de febrero, el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, monseñor Rogelio Cabrera López, recordó que san Juan Pablo II dijo que la libertad religiosa es el primero de todos los derechos, siendo la base de todos los demás derechos humanos y todas las luchas sociales.

«La libertad es un bien para todos, en lo particular y en sociedad. Las religiones y las iglesias no somos un problema, sino que coadyuvamos para salir adelante. Esta libertad no se reduce al culto: su ejercicio requiere respeto del fuero interno y externo de las personas, así como sus manifestaciones individuales, colectivas, públicas y privadas como libertad de culto y de difusión de los credos e ideas y opiniones religiosas. Como el derecho a la formación religiosa de un grupo religioso», aclaró el presidente de la CEM.

También se tiene el derecho a la educación religiosa de los hijos en primer lugar y en sociedad en su conjunto, así como al derecho de la objeción de conciencia: «Con base en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la libertad religiosa incluye la libertad de cambiar de religiones y creencia en lo individual y colectivo, tanto en público como en privado por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia», subrayo el arzobispo de Monterrey.

La libertad de pensamiento, de conciencia y de religión es una implicación necesaria, es un requerimiento de la libertad humana y del sentido religioso. Cuando hay una crisis social, ésta se manifiesta primero en la crisis de sentido religioso, porque la religión le da sentido y rumbo a la vida.

«La Libertad religiosa no es sólo la libertad frente al Estado sino también en la sociedad, incluidos los mercados y centros financieros; también se ve como un parámetro de los demás derechos fundamentales. La libertad de pensamiento, conciencia y de religión protege con el mismo alcance e intensidad al creyente y al no creyente, no prejuzga la verdad o error en materia religiosa; además, se encuentra en el planteamiento de la modernidad ya que está relacionada con la pluralidad propia de las sociedades democráticas», añadió el presidente de la CEM.

La laicidad del Estado es un requerimiento del ejercicio de la libertad religiosa: «El Estado no debe preferir la determinación de la religión, creencia o cosmovisión en detrimento de los demás, pero al mismo tiempo debe reconocer sus aportes en una sociedad democrática, laica y de libertad que son complementarias y necesarias», sostuvo monseñor Cabrera.

El tejido social se orienta hacia nuevas formas de participación de actores e instituciones públicas y privadas, en las que no solamente se permite la participación de las religiones en debates públicos sobre los asuntos que nos atañen a todos. Se debe reconocer el aporte de las distintas iglesias y grupos religiosos que hacen el bien común, desde la pluralidad propia del entorno actual, en consecuencia de las asociaciones religiosas y el culto público que se debe actualizar: «No solamente a la luz de la nueva redacción del artículo 24 constitucional, sino también al principio pro persona incluido en el capítulo primero de la constitución».

La libertad religiosa en palabras de San Juan Pablo II

«La libertad religiosa, exigencia ineludible de la dignidad de cada hombre, es una piedra angular del edificio de los derechos humanos y, por tanto, es un factor insustituible del bien de las personas y de toda la sociedad, así como de la realización personal de cada uno».

«Profesar y practicar la propia religión es un elemento esencial de la pacífica convivencia de los hombres».

«La libertad es la prerrogativa más noble del hombre. Desde las opciones más íntimas, cada persona debe poder expresarse en un acto de determinación consciente, inspirado por su propia conciencia. Sin libertad, los actos humanos quedan vacíos de contenido y desprovistos de valor».

XXI Jornada Mundial de la Paz/1 de enero de 1988.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 3 de marzo de 2019 No.1234