Por José Francisco González González, obispo de Campeche

Esta parábola tiene el contexto de la crítica mordaz, que escribas y fariseos dirigen a Jesús por recibir a los pecadores. Para la común mentalidad de la época y del lugar, un rabbí (maestro) sabía que convivir con un pecador era contaminarse.

La magistral parábola del Padre compasivo, se articula en tres momentos; a saber: el hijo menor se quita de casa, va y regresa; ese hijo se encuentra con el padre y la reacción del hermano mayor, quien no quiere participar de la alegre fiesta.

Así pues, el centro de la narración y quien sirve de “amarre” es el Padre. La figura y las características del Padre ponen de manifiesto las características de los hijos: ambos nada ejemplares, son unos sinvergüenzas. La narración nunca habla de la madre.

HIJO “PARRICIDA”

El hijo menor se dirige a su padre y le pide la herencia que le corresponde. Esa petición es una forma de declarar muerto al padre antes de tiempo. Por la actitud del muchacho, la casa paterna se había convertido en una prisión y su padre un patrón insoportable. Le azota un deseo de total libertad.

El padre no se opone ni le reclama nada. Le da su parte, dice el texto, y también su vida (ton bion, en griego). Lo mismo recibe el otro hermano. Pero, ninguno de los dos aprecian el desprendimiento de su padre.

El hijo menor se va lejos. Vive como un disoluto (asótos, en griego), como uno a quien no se le ve posibilidad de ser salvado. Malgasta todo lo que ha recibido, hasta llegar a lo más bajo, inmundo e infrahumano para un judío: cuidar puercos. Por si fuera poco, él desea comer la comida de los cerdos.

En fin, ha perdido no sólo el dinero, sino hasta su dignidad de persona. No tiene necesidad de un castigo: él se ha construido a sí mismo un infierno. El hijo podría agarrar las algarrobas, pero quiere una mano que se las ofrezca. No la hay. La comida es muy importante en la vida del ser humano. Esa mano que le ofrezca la comida va a ser, a la postre, la de su compasivo papá.

Lucas 15 describe una actitud del hijo menor muy importante para el cambio de vida: “Entró en sí mismo y se levantó”. En el sufrimiento insoportable del hambre y la soledad en que vive, piensa en la casa de su padre, donde hasta los servidores comen bien. El hambre empuja al muchacho a regresar a casa. No hay aún conversión, sino solo el deseo de no morir. Prepara su discurso: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti…”.

El padre lo ve a lo lejos. Lo encuentra, y lo cunde de besos. No espera recibir la disculpa. Él se deshace de cariño. No indaga dónde pasó este tiempo, ni qué hizo. El padre lo dejó ir y, ahora lo recibe, porque lo ama. El amor libera. El hijo, antes, estaba convencido que el padre era un patrón injusto; pero ahora, se le cayó esa percepción. Está desconcertado, porque su padre es… también, como una madre.

HIJO “FRATRICIDA”

Pero no todo es alegría al regreso del hijo. El hermano mayor está rabioso contra el menor, pero también molesto y afectivamente lejano al padre.  El padre sale al encuentro del mayor, como lo hizo en el camino con el menor. El padre quiere vencer el odio disfrazado de observancia, del hijo mayor. Es más difícil convertir al hijo que no cree necesitarlo. La oración nace de la súplica de Dios por nosotros. El padre ama a los dos hijos, a los dos les dio la vida.

La parábola nos enseña que nuestra vida oscila entre la rebelión, el vivir como asalariados, y aceptar de vez en cuando el beso de Dios. Si logramos encontrarnos con su beso, podremos arrepentirnos e intentar volver a casa, a la casa de la fiesta, a la danza del perdón.  Digamos con el Salmo 33:

¡Gustad y ve qué bueno es el Señor!