La Cuaresma es un tiempo propicio para ser transformados, convertidos. Aquí algunos tips para vivirla, de tal manera que podamos celebrar la Pascua del Señor con una vida renovada.

Todo comenzó con el Miércoles de Ceniza donde recibimos la invitación de no echar esta gracia en saco roto. ¿Cuál gracia? El tiempo penitencial de la Cuaresma. Imaginemos que nuestra vida, nuestra persona, es un automóvil y que vamos a realizar un largo viaje. ¿Qué necesitamos, previamente? Revisarlo, llevarlo al taller, darle una pulidita… y un sinfín de intervenciones; pero casi todas iban en el sentido de que es necesaria la revisión.

Balancear y avanzar

Sí, la vida de cada uno es como un automóvil que para caminar necesita tener un buen estado: además de la carrocería, el motor, el sistema eléctrico y demás, las cuatro llantas, porque, al fin y al cabo, éstas serán las que terminen llevando al vehículo a donde el conductor quiere.

¿Cuáles son esas llantas? ¿En qué estado se encuentran? Las cuatro llantas, en esta Cuaresma podrían ser:

La primera, la Palabra de Dios y la oración: porque en ella el mismo Dios nos llama y nos hace conocer cuál es su plan para nosotros; mientras que en la oración le respondemos a Dios que nos ha hablado, ya sea comprometiéndonos con esa pa- labra escuchada, o dándole gracias por la luz recibida, o suplicándole las gracias necesarias para cumplirla, o implorando su perdón, si es que descubrimos que nuestra vida va en sentido contrario de lo que en su Palabra nos pide.

La segunda, la Eucaristía y la Reconciliación: Porque para esta travesía, que va de la Cuaresma a la Pascua, pero que es signo de otra mayor –la que hacemos de la tierra al Cielo–, es necesario alimentarnos con el Pan de Vida que es el mismo Jesús; además, la Reconciliación nos ayudará a mantenernos «limpios» y en buen estado espiritual para este viaje.

La tercera, el espíritu de fe en toda la vida. Desde luego todas las cosas que hacemos como prácticas cuaresmales tienen sentido porque nos hemos fiado de Alguien: Dios –Trino y Uno– que nos llama a ser felices. No son, pues, prácticas vacías, sino cargadas del significado que nuestra fe les otorga.

La cuarta, la relación con nuestros hermanos, con el prójimo, con los pobres. Porque en esto de la salvación no se trata de ver quien llega primero, como la sociedad moderna nos ha enseñado, es decir a la competencia inhumana.

Si una de tus llantas está baja o no sirve, habrá que repararla. Con las cuatro ruedas bien balanceadas, avanzarás por el camino que Dios quiere que transites, no sólo en la Cuaresma-Pascua, sino toda la vida.

El Observador

Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de marzo de 2019 No.1237