Por Juan Diego Camarillo

Llega el tiempo de Cuaresma y como punto de partida hay un signo visible que reluce desde el primer día: la ceniza.

Hay una palabra que define este rito: «imposición», una palabra que en la experiencia de vida suena hasta desagradable; podemos sentir que nos están obligando a algo. Sin embargo, podemos comprender de manera más profunda este signo y esta palabra elegida por la Iglesia en el contexto de la Cuaresma.

La Cuaresma es una invitación al cambio. En nuestras vidas, a menudo se nos imponen circunstancias como enfermedades, que nos invitan a cambiar ciertos hábitos para mejorar la salud, o la pérdida de un ser querido, que nos impulsa a transformar nuestra manera de relacionarnos y a una maduración interior. Con esta «imposición» de ceniza, la Iglesia busca provocar este cambio en nosotros. Mejorar nuestra relación con Dios, cambiar nuestra actitud hacia Él y hacia nuestros hermanos. El tiempo de la Cuaresma nos recuerda que Dios es un Dios de segundas oportunidades, y por lo tanto nos impone este cambio de vida que nos lleva a adentrarnos en la profundidad de nuestro espíritu a través de la oración, el ayuno y la caridad.

Quienes hemos servido alguna vez en una parroquia sabemos que el Miércoles de Ceniza es una jornada intensa, y entre sacerdotes y laicos solemos decir que «salen católicos de hasta debajo de las piedras». Sin embargo, sea cual sea la razón, esta es una oportunidad pastoral para hacer reflexionar a aquellos cristianos de ocasión sobre el mensaje que Dios tiene para ellos. El mensaje es claro: Dios, en su misericordia, fija su mirada en su pueblo y lo invita a acercarse a Él, porque es un Dios dispuesto a perdonar cualquier error y a conducirnos hacia la felicidad que ha soñado para cada uno de nosotros.

Si eres un cristiano que nunca falta al Miércoles de Ceniza, considera que debemos purificar nuestro pensamiento sobre este signo sacramental. No es mágico, no se le impone al “difunto” y mucho menos traerá una catástrofe por no recibirlo.

Esta liturgia marca el inicio de la llamada a la conversión, como tantas otras Cuaresmas que hemos vivido. La oportunidad de cambiar y hacer que esta Cuaresma sea como si fuera la última –ya que nada tenemos asegurado– depende de nosotros. Después de recibir la ceniza, está en nuestra voluntad seguir fervientemente todas las exhortaciones que la Iglesia hace durante la Cuaresma.

No nos cansemos de acceder a esa conversión de la que Dios nos hace partícipes hoy. Que tengamos una muy santa Cuaresma.

Por favor, síguenos y comparte: