La desagradable sorpresa de la petición de perdón del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, al rey de España, Felipe VI, y al Papa Francisco, por los agravios hechos a los naturales durante la conquista española de hace 500 años, demuestra, una vez más, que la «lógica política» sigue siendo la misma: cuando no tengas nada que ofrecer al pueblo que te eligió, ataca a la Iglesia.

López Obrador ha visto la conmemoración del medio siglo de la batalla de Centla (en su natal Tabasco) para exigir disculpas al Papa y a la Corona española porque, según dijo en un video grabado en Comalcalco, la conquista se hizo «con la espada y la cruz». Ignora el mandatario que si bien la espada acabo rindiendo a los mexicanos, la cruz los reunió bajo una misma nacionalidad: los aztecas tenían sojuzgados a todos los demás pueblos de buena parte de lo que ahora es México. Y no precisamente por las buenas.

Es inútil seguir haciendo leña del árbol caído. Como también lo es mostrarle al Presidente que nada se gana con profundizar las distancias ni con tratar de restañar heridas que ya no pueden ser restañadas. ¿Por qué no, mejor, aprovechar las mutuas riquezas y asimilarlas sin estar peleando en contra de ellas? ¿No será ésta petición de disculpas una cortina de humo para que la gente que lo eligió no mire el tremendo furor de la violencia extrema que ha llegado a niveles nunca antes vistos en los tres o cuatro primeros meses de este sexenio?

Si para este tipo de bravatas va a servir la Comisión de la Memoria Histórica, francamente habría que disolverla. Porque, en estricta lógica, habría que exigir una enorme disculpa a Estados Unidos por las intervenciones en nuestro territorio; porque se llevaron en sus alforjas más de dos millones de kilómetros cuadrados; porque construyen un muro para evitar que mexicanos crucen la frontera… Y a Francia por la Guerra de los Pasteles y por la intervención; y a Austria por Maximiliano; y a Alemania por el Potrero del Llano…

El Observador de la Actualidad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 31 de marzo de 2019 No.1238