En el quinto capítulo de la exhortación apostólica Cristo Vive, el Papa Francisco les recuerda a los jóvenes que «Ser joven es una gracia, una fortuna ». Es un don que podemos malgastar inútilmente, o bien podemos recibirlo agradecidos y vivirlo con plenitud.

Redacción

Hoy los jóvenes tienen mucho a su alcance. Ellos eligen cómo gastar esos años maravillosos que Dios les regaló. Son afortunados. Hoy sus oportunidades son muy palpables. Tienen sueños, anhelos, pero será que, ¿al vivir su juventud se dejan iluminar y transformar por el gran anuncio del Evangelio?

Dios es el autor de la juventud y Él obra en cada joven. La juventud es un tiempo bendito para el joven y una bendición para la Iglesia y el mundo. Es una alegría, un canto de esperanza y una biena-venturanza. Apreciar la juventud implica ver este tiempo de la vida como un momento valioso y no como una etapa de paso donde la gente joven se siente empujada hacia la edad adulta.

Sueños y elecciones

La juventud, dice Francisco, fase del desarrollo de la personalidad, está marcada por sueños que van tomando cuerpo, por relaciones que adquieren cada vez más consistencia y equilibrio, por intentos y experimentaciones, por elecciones que construyen gradualmente un proyecto de vida. En este período de la vida, los jóvenes están llamados a proyectarse hacia adelante sin cortar con sus raíces, a construir autonomía, pero no en solitario.

El amor de Dios y la relación con Cristo vivo no priva a los jóvenes de soñar, no pide que los horizontes se achiquen. Al contrario, ese amor promueve, estimula y conduce a una vida mejor y más bella.

Hoy los jóvenes son inquietos, están en una constante búsqueda. Como decía san Pablo VI, «precisamente en las insatisfacciones que los atormentan […] hay un elemento de luz». La inquietud insatisfecha, junto con el asombro por lo nuevo que se presenta en el horizonte, abre paso a la osadía que los mueve a asumirse a sí mismos, a volverse responsables de una misión. Esta sana inquietud que se despierta especialmente en la juventud sigue siendo la característica de cualquier corazón que se mantiene joven, disponible, abierto. La verdadera paz interior convive con esa insatisfacción profunda. San Agustín decía: «Señor, nos creaste para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti».

En contra de los sueños que movilizan decisiones, siempre existe la amenaza del lamento, de la resignación. La lamentación hace a los jóvenes tomar la senda equivocada. Cuando las cosas se paralizan y estancan los malestares no encuentran respuesta. El camino es Jesús: «hacerle subir a nuestra barca y remar mar adentro con Él». Él cambia la perspectiva de la vida.

Los jóvenes deben perseverar el camino de los sueños. Por ello deben estar atentos a la mala pasada que puede jugarles la ansiedad. Puede ser su gran enemiga cuando los lleva a bajar los brazos porque descubren que los resultados de lo que buscan no son inmediatos. Pero deben saber -dice Francisco- que los sueños más bellos se conquistan con esperanza, paciencia y empeño, renunciando a las prisas. No deben tener miedo a cometer errores. No deben resignarse a sólo observar la vida de los demás, sino a vivir la propia con todo lo que ello implique, pero siempre confiados en Dios.

Las ganas de vivir y experimentar

Esta proyección hacia el futuro que se sueña, no significa que los jóvenes estén completamente lanzados hacia adelante, porque al mismo tiempo hay en ellos un fuerte deseo de vivir el presente, de aprovechar al máximo las posibilidades que esta vida les regala. ¡Este mundo está repleto de belleza! ¿Cómo despreciar los regalos de Dios?

Contrariamente a lo que muchos piensan, el Señor no quiere debilitar estas ganas de vivir. Es sano recordar lo que enseñaba un sabio del Antiguo Testamento: «Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […]. No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14). El verdadero Dios, el que te ama, te quiere feliz. Por eso en la Biblia encontramos también este consejo dirigido a los jóvenes: «Disfruta, joven, en tu juventud, pásalo bien en tus años jóvenes […]. Aparta el mal humor de tu pecho» (Qo 11,9-10). Porque es Dios quien « nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17).

La cuestión es saber abrir los ojos y detenerte para vivir plenamente y con gratitud cada pequeño don de la vida.

En amistad con Cristo

Por más que los jóvenes vivan y experimenten no llegarán al fondo de la juventud, no conocerán la verdadera plenitud de ser joven, si no encuentran cada día al gran amigo, si no viven en amistad con Jesús.

La amistad es un regalo de la vida y un don de Dios. A través de los amigos, el Señor nos va puliendo y nos va madurando. Al mismo tiempo, los amigos fieles que tengan estarán a su lado en los momentos duros, son un reflejo del cariño del Señor, de su consuelo y de su presencia amable. Tener amigos les enseña a abrirse, a comprender, a cuidar a otros, a salir de su misma comodidad y del aislamiento, a compartir la vida. Por eso «un amigo fiel no tiene precio» (Si 6,15).

La amistad no es una relación fugaz o pasajera, sino estable, firme, fiel, que madura con el paso del tiempo. Es una relación de afecto que nos hace sentir unidos, y, al mismo tiempo, es un amor generoso que nos lleva a buscar el bien del amigo.

TAREAS

Recuerda que la amistad con Jesús es inquebrantable. Él nunca se va, aunque a veces parece que hace silencio.

Valórate tanto a ti mismo, tomate tan en serio, que busques tu crecimiento espiritual.

Recuerda que una juventud bien vivida permanece como experiencia interior, y en la vida adulta es asumida, es profundizada y sigue dando frutos.

Déjate amar por Dios, que te ama así como eres, que te valora y respeta, pero también te ofrece más y más

No olvides que tu vida debe ser un estímulo profético, que impulse a otros, que deje una marca en este mundo

El perdón es la clave. Las heridas recibidas pueden llevarte a la tentación del aislamiento, a replegarte sobre ti mismo, a acumular rencores, pero nunca dejes de escuchar el llamado de Dios al perdón.

TEMA DE LA SEMANA: LOS SUEÑOS DE UN GIGANTE

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de mayo de 2019 No.1245