Nos parece muy arriesgado, por no decir sumamente peligroso, el ejercicio que viene haciendo el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, al dividir a los ciudadanos, las instituciones y la historia, en dos bandos: conservadores y liberales.

En la retórica del mandatario mexicano, conservadores son malos y liberales muy buenos. Conservadores son hipócritas y liberales abiertos al progreso. Unos son explotadores y otros amigos del pueblo. Y de ahí en adelante.

El maniqueísmo –la doctrina que divide al universo en buenos y malos—destruye la convivencia: la envenena. Comienza por ser una simpática ocurrencia y termina por generar agresiones. Obviamente, los «buenos» se sienten con la responsabilidad, incluso con la obligación, de convertir a los «malos»; los «puros» a los «impuros»; los «fieles» a los «infieles». Como casi siempre sucede, este proceso de «conversión» fracasa: los conservadores quieren seguir siendo «fifís». Entonces viene el garrotazo: o por las buenas o por las malas, pero te alineas…

Con el debido respeto que nos merece la investidura del presidente de todos los mexicanos, este jueguito de dividir y polarizar va a desgarrar más de lo que las malísimas presidencias anteriores han dejado desgarrada a la sociedad. En el taller, en la oficina, en la escuela, en la familia, en la Iglesia misma, comienza a haber enfrentamientos.

Ninguna falta hace estimular las distancias ni aumentar los resquemores. El viejo concepto de lucha de clases ha mostrado su agotamiento y su esterilidad. Violencia llama a violencia. Y la violencia comienza cuando el lenguaje deja de ser cortés y se alinea a una ideología; cuando un mandatario deja de tender puentes y comienza a construir muros. Los muros son defensas del que no tiene argumentos ni sabe escuchar, respetándolo en su dignidad, al otro. Aún hay tiempo.

El Observador de la Actualidad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 28 de abril de 2019 No.1242