El primer Mandamiento de la ley de Dios y el más importante se extracta en los catecismos de esta forma: «Amarás a Dios sobre todas las cosas». En palabra de Jesucristo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mt 22, 37-38). Y eso es lo que procuró la potosina Concepción Cabrera de Armida sin abandonar de ninguna manera sus obligaciones en la vida común de esposa, madre y ama de casa.

De familia numerosa (fue la séptima de nueve hermanos), comulgaba todos los días y le decía a Jesús: «Señor, que me case y me des muchos hijos para que Te amen y Te sirvan».

Tuvo veintidós pretendientes, muchos de ellos ricos, pero ella sólo le hizo caso a Francisco (Pancho) Armida, de quien se enamoró a los 13 años. «A mí nunca me inquietó el noviazgo en el sentido de que me impidiera ser menos de Dios: ¡se me hacia tan fácil juntar las dos cosas! Al acostarme, ya cuando estaba sola, pensaba en Pancho y después en la Eucaristía, que era mi delicia».

El día de la boda «yo mucho le pedí a mi Jesús que me ayudara a ser una buena esposa que hiciera feliz al hombre que iba a darme por compañero», y, después de la ceremonia religiosa,«se me ocurrió pedirle al que ya era mi marido dos cosas que me prometió cumplirlas: que me dejara ir a comulgar todos los días y que no fuera celoso. iPobrecito!, fue tan bueno que años adelante se quedaba con los niños mientras yo volvía de la iglesia, y aún en su última enfermedad, mientras no perdía el conocimiento, me preguntaba si ya había ido a recibir a Nuestro Señor».

A todos sus nueve hijos los educó cristianamente, logrando hijos buenos y muy piadosos. Su primer hijo se llamo Francisco. El segundo, Carlos, enfermó a los 6 años de edad «de una tifoidea terrible. En sus dolores decía:‘ hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’; sufrió mucho y murió». Conchita guardó en recuerdo de su hijito un vestido; «pero un día escuché la inspiración del Señor que me pidió el sacrificio de desprenderme de él…; llamé un pobrecito, le puse el vestido, se fue, y yo sentí como si me arrancaran a mi hijo».

Pocos días después Jesús se le apareció a Conchita y le dijo: «¿A quién quisieras ver, a Carlitos o a Mí?». Y venciendo su enorme dolor Concita contestó: «A Ti, Señor, aunque a mi niño no lo vea sino hasta la eternidad».

En el día y la hora en que nació su tercer retoño, Manuel, había fallecido un sacerdote, «y tan luego como lo supe ofrecí a mi niño al Señor para reemplazarlo en los altares». Y Dios aceptó el ofrecimiento, puesto que años más tarde Manuel sintió el llamado del Señor y se convirtió en sacerdote.

Después de sus tres primeros hijos, todos varones, le nació una niña, bautizada como María de la Concepción. «Se la ofrecí inmediatamente al Señor para que fuera suya», y, efectivamente, cuando ella creció se hizo monja.

Sus siguientes hijos fueron Ignacio, Pablo, Salvador, Maria Guadalupe y Pedro. Uno de ellos murió a los 18 años de tifoidea, y otro a los 4 años ahogado por accidente.

«Ser esposa y madre no fue nunca un obstáculo para mi vida espiritual», afirmaba.

En la última conversación con su marido gravemente enfermo le preguntó: «¿Cuál es tu última voluntad para mí?», y Pancho le contestó: «Que seas toda de Dios y toda de mis hijos».

Dos días antes de la muerte de Pancho, Jesús se le apareció a Conchita y le dijo: «O él o Yo, escoge»; ella contestó: «Los dos, Señor», pues pensaba en sus hijos pequeños y sin padre; pero tras llorar mucho, respondió: «¡Tú, Señor; a Ti te prefiere mi alma! ¡Lo que Tú quieras, solo ten misericordia!».

Francisco murió a los 43 años, cuando Conchita tenía 39. Pero Dios le dio un gran consuelo haciéndole saber que su esposo fue liberado del Purgatorio, y que Él tenía otros designios para ella.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: CONCHITA CABRERA: “¡DIOS MÍO, TU MÉXICO!”

Publicado en la edición impresa de El Observador del 28 de abril de 2019 No.1242