Cuando Conchita Cabrera tenía 36 años y su esposo aún vivía, escribió: «Llevo en mí tres vidas a cual más fuerte: la vida de familia con sus multiplicadas penas de mil clases, es decir, la vida de madre; la vida de las Obras [de la Cruz] con todas sus penas y peso… que a veces me aplasta y parece que no puedo más; y la vida del espíritu o interior, que es la más pesada de todas, con sus altas y bajas, sus tempestades y luchas, su luz y sus tinieblas, que sólo el Señor también me puede sostener en ella».

Pero ella siempre buscaba el equilibrio entre sus deberes de estado, su vida apostólica y su unión con Dios.

Jesucristo le dijo un día: «Te casaste para mis altos fines, para tu propia santificación y para ser un ejemplo para muchas almas que creen incompatible el matrimonio con la santidad».

Y también le dijo: «Tu misión es salvar almas». Esto demuestra que también los seglares, y no solo los sacerdotes y consagrados, tienen en algún grado la tarea de la corredención, es decir, de ayudar a otros a conocer y a servir a Jesucristo, y orar y sacrificarse en bien de la salvación de los hombres.

Para entender cómo era para ella un día ordinario, basta esto que anotó en su Cuenta de Conciencia o diario espiritual que sus directores espirituales le ordenaron escribir por cuatro décadas:

«Tengo mucho que coser y lo que hago es entregarme a cada rato en actos de abandono a la voluntad divina». Y también: «Hoy a media oración en el cuarto, comenzó mi Jesús a derramarse: íbamos en ello, Él hablando y yo escribiendo, cuando se me acabó el papel. Tuve que hacer pan, arreglar la casa, y tan bueno que me esperó». En otra ocasión: «¡Qué bondad de mi Jesús! Me dijo hace poco: ‘Te quiero más cerca de Mí, aún en tus ocupaciones ordinarias. No me pierdas de vista, hija mía, y ámame, dime a menudo que me amas’».

TEMA DE LA SEMANA: CONCHITA CABRERA: «¡DIOS MÍO, TU MÉXICO!»

Publicado en la edición impresa de El Observador del 28 de abril de 2019 No.1242