Por P. Fernando Pascual

Cuando pensamos en la maravillosa misión de llevar el Evangelio a todas las gentes, surge un sentimiento de cierta sorpresa, quizá incluso de miedo. ¿No es algo que nos supera enormemente?

Basta con mirar algunos ambientes de nuestro tiempo para sentir que la misión apostólica nos supera. A veces nos sentimos pequeños frente a quienes controlan la cultura, las imágenes, los medios “informativos”, las redes sociales, las ideas que reciben los niños, los jóvenes y los adultos.

Sin embargo, la voz de Cristo sigue en nuestros corazones. Nos dice que no temamos, que está con nosotros hasta el final de los tiempos, que anunciemos y bauticemos en Su Nombre.

Pero… ¿qué hacer cuando las puertas siguen cerradas, cuando una cierta hostilidad rechaza al mensajero? Sobre todo, ¿cómo anunciar al Maestro Bueno cuando uno descubre su debilidad, y tiene que pedir diariamente perdón por sus propios pecados?

A pesar de estos y otros obstáculos, el Evangelio es un tesoro tan maravilloso que vale la pena lanzar las redes una y otra vez con la esperanza de que Dios haga el resto (lo único importante): tocar los corazones para que puedan descubrir un mensaje de misericordia.

Porque esa es la misión de la Iglesia desde sus inicios: anunciar el don de la Redención en Cristo, desvelar el gran misterio, “escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria” (Col 1,26 27).

Desde la confianza en Cristo, con la certeza de la belleza y la alegría del Evangelio (cf. “Redemptoris missio” de Juan Pablo II y “Evangelii gaudium” del Papa Francisco), cada bautizado puede convertirse en testigo, sobre todo con su vida, y también con sus palabras.

Ya no podemos quedar paralizados por el miedo al fracaso o por la pusilanimidad al constatar nuestra pequeñez. La luz incontenible del mensaje de Cristo tiene que brillar en lo alto de los montes, en el interior de los rascacielos, en las chabolas más humildes, en el corazón de los más abandonados.

Es una misión que nos supera, pero que llevamos adelante llenos de esperanza y de amor a los que necesitan recibir el Evangelio. Es una misión que asumimos con alegría porque tenemos la mirada puesta en Cristo, que inició en nosotros la buena obra, y que la llevará a su plenitud (cf. Flp 1,6).