Éste martes 7 de mayo de 2019, Jean Vanier, fundador de El Arca, falleció a la edad de 90 años. El Director ad interim de la Sala de Prensa del Vaticano ha informado que el Papa Francisco ha sido informado de su muerte y “ora por él y por toda la comunidad de El Arca”. De nuestra hemeroteca del número 283 del 10 de diciembre de 2000, publicamos esta entrevista en exclusiva que realizó el director de El Observador, Jaime Septién, a Jean Vanier en una visita que hizo a la ciudad de Querétaro.

El servicio a los últimos, a los más pobres, a los discapacitados, es un terreno privilegiado para el diálogo ecuménico, afirma Jean Vanier, quien ha descubierto las heridas, los complejos y las angustias del hombre contemporáneo. Se trata de un laico canadiense de 72 años que, en 1964, conoció en Francia a dos hombres con profundas deficiencias mentales, a quienes acogió en su casa para sacarles del abandono en un hospital psiquiátrico, y con ellos fundó la comunidad del Arca, en la que hombres y mujeres de toda procedencia social conviven con personas minusválidas (algunos tienen el síndrome de Down, otros proceden de centros psiquiátricos, etc.). A partir de aquella pequeña comunidad francesa, han surgido 103 comunidades del Arca en todo el mundo, en 26 países, con más de dos mil miembros. Vanier también fundó la comunidad eclesial «Fe y Luz», en nombre de la cual recorre el mundo predicando retiros espirituales.

¿En qué forma los movimientos eclesiales acuden a ayudar a los más necesitados?

Hablo desde mi experiencia en El Arca, movimiento que está inmediatamente cercano a los pobres, con mayor misión de misericordia que de evangelización. Nuestra meta primera es ayudar al pobre con el amor de Jesús, y si se convierten o no, no es nuestro problema fundamental. Hay que llevar al prójimo a nuestra posada, así sea musulmán, hindú, ortodoxo o ateo.

¿Se sienten apoyados por los gobiernos y pueblos que los acogen, o se sienten solos?

En general, los gobiernos nos apoyan, aun los comunistas, como el de Cuba; no llegan a sostenernos financieramente, pero sí nos ayudan a resolver un poco el problema. Queremos trabajar con las instituciones, queremos entrar en la legalidad, no nos escondemos. Una nueva comunidad necesita cinco años para poder florecer: es como una semilla que hemos puesto en la tierra para que las personas con deficiencia encuentren realmente una paz interior y una madurez, y para que los asistentes también las tengan. La comunidad es algo sufriente, es algo muy bello pero muy doloroso porque toca nuestras dificultades, nuestras fragilidades y todo eso requiere tiempo.

Parece que la dicotomía entre los grandes problemas y las pequeñas comunidades lo resuelven ustedes a través de una hermosa realidad: «Que las comunidades son un signo de unidad».

Es por eso que El Arca dice: «Quiero ser un signo», un signo profundamente humano, que la persona con deficiencia que vivía en la calle es importante, que no está loco, que es una persona que sufre. Para mí el Evangelio es el único escrito que da una teología, una filosofía, una antropología de lo que es realmente el pobre. Hay muchas filosofías y pedagogías para cambiar al pobre, para que se convierta en rico, pero no hay más que una sola filosofía de lo que realmente es el pobre y esa es el Evangelio, historia del amor de Jesús por los pequeños y los pobres.

Muchas de las otras experiencias de transformación toman a los seres humanos como objetos, no como sujetos de su propia historia.

La dificultad es que, además, hay una doble transformación: la de las personas con deficiencia y la de las personas que van a hacer el servicio. Yo entro en la comunidad con el mundo dentro de mí, deseos de poder, deseos de mandar, junto con las heridas que yo ya traía desde antes. Y esta es una transformación muy larga que tiene que pasar por varias crisis. La vida comunitaria es difícil para todos, pero es, al mismo tiempo, una liberación.

¿Quiere profundizar en esa idea luminosa de la herida y su cura?

Lo primero es descubrir la herida. Toma tiempo. Hay de por medio razones económicas y sociales, pero hay que profundizar. Es el miedo al otro, el miedo a lo diferente lo que provoca inseguridad. ¿Por qué no podemos descubrir que somos todos seres humanos? Porque estamos heridos, tenemos miedo de no existir, miedo a no ser nadie. El Espíritu Santo, que brota del interior, nos ayuda a descubrir que hay una identidad de amor mucho antes que una identidad de poder, y mi identidad de amor es que soy amado de Dios y que Él me ha llamado a ser su rostro en el mundo. Así se derriban las barreras. El mensaje final es: hay que reconocer que cada persona es importante.

EL ARCA

Las comunidades de El Arca son lugares donde las personas con discapacidad intelectual y aquellos que han venido a ayudarles pueden compartir su vida cotidiana.

Hoy, El Arca acoge a más de 1,200 personas con discapacidad mental. La Federación Internacional de El Arca está presente en 38 países con 154 comunidades en los 5 continentes.