Con más de 150 mil grupos, la Renovación Carismática es un caos alegre y devoto

Por Pablo J. Ginés/ReL

De todas las realidades de la Iglesia Católica, probablemente la más caótica y fluida es la Renovación Carismática. También la más numerosa. Nació en un retiro con unos 20 estudiantes en febrero de 1967, en Estados Unidos. Hoy se calcula que entre 100 y 130 millones de católicos de todo el mundo se definirían como carismáticos o dirían que su espiritualidad se ha nutrido en grupos carismáticos. Pertenecen a distintas corrientes y fórmulas canónicas, y el Papa Francisco está intentando que tengan más unidad entre ellos. Desde este Domingo de Pentecostés de 2019 entra en vigor para ellos un organismo mundial de servicio y comunión llamado Charis.

Hay al menos 150 mil grupos de oración de Renovación Carismática y al menos 45 millones de personas (¡o quizá el doble!) que acuden con frecuencia a sus actividades. No hay forma de contarlo: en Asia, en India, en África, en Indonesia, en Latinoamérica se multiplican sus grupos.

Es un caos, pero devoto, porque los grupos son grupos de oración, y su función básica es alabar a Dios, invocar al Espíritu Santo y dejar que el Espíritu transforme almas y vidas. Se hace siempre con mucha alegría y música.

La Renovación no tiene fundadores. En distintos países y momentos han surgido grupos carismáticos que adoptaban fórmulas canónicas distintas. Lo más frecuente en todo el mundo son los grupos de oración y alabanza: cada uno puede tener entre 5 y 300 miembros, o más. Estos grupos suelen votar a sus responsables de grupo, que a su vez suelen votar coordinares diocesanos, que votan a una coordinación nacional. Estos grupos y sus coordinadoras suelen tener una estructura mínima.

A nivel internacional estaban representados ante el Vaticano por una oficina en el Palacio San Calixto llamada ICCRS, una coordinadora de servicio que “mandaba poco”, pero a la que los Papas podían acudir para tratar con la Renovación.

Pero también hay grupos carismáticos que generan estatutos, votos y compromisos, pagan diezmos, suscitan vocaciones consagradas, y con sus diezmos pueden adquirir inmuebles, recursos, crear seminarios bajo la tutela de obispos locales, financiar misioneros y obras apostólicas… No reúnen a tanta gente, pero cuentan con más personas consagradas y más recursos y un liderazgo más estable. En Roma les representaba la Fraternidad Católica de Comunidades de Alianza.

En 2015 el Papa Francisco pidió al ICCRS y a la Fraternidad de Comunidades que buscaran la fórmula para unificar, o al menos coordinar en un servicio, a las distintas realidades carismáticas. Era un reto: más unidad y comunión, manteniendo la diversidad. Se creó una fórmula que empieza a funcionar este Domingo de Pentecostés, llamada Charis, que en griego significa “gracia” (en griego se pronunciaría “járis”, es la raíz de la palabra “charisma”) y es el acrónimo inglés de Catholic Charismatic Renewal International Service (Servicio Internacional para la Renovación Carismática Católica).

Desde este domingo la Fraternidad Católica e ICCRS dejan de existir y sus funciones las hereda Charis, un servicio erigido canónicamente por la Santa Sede, por medio del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Será un “servicio de comunión, no de gobierno”, insisten desde Charis. También avisan que en sus estatutos se enfatizan tres dimensiones por petición del Papa: que se difunda la Efusión del Espíritu Santo, se trabaje por la unidad de los cristianos (también los no católicos) y por el servicio a los pobres, todo al servicio de la evangelización.

Pero la cosa no queda solo en Roma: cada país debe tener su propio Servicio Nacional de Comunión “que reúna en la mayor medida posible a todas las realidades carismáticas del país, sin que ninguna de ellas tenga un predominio sobre las demás”, explica en News.va el padre Alexandre Awi Mello, Secretario del Dicasterio para los Laicos. Ningún grupo del país está obligado a incorporarse al Servicio, pero todos están invitados.

Nota completa en: ReL

Publicado en la edición impresa de El Observador del 16 de junio de 2019 No.1249