Cuando aún era cardenal y prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe durante el luminoso pontificado de Juan Pablo II, el futuro Benedicto XVI dijo lo siguiente:

«Ser vírgenes y saber practicar el ayuno es atestiguar que la vida eterna nos espera; más aún, que ya está entre nosotros. Sin virginidad y sin ayuno, la Iglesia no es ya Iglesia; se hace intrascendente».

Imagínese el impacto que causó la Iglesia cuando apareció en medio del Imperio Romano, tan moralmente corrompido: jóvenes cristianos, varones y mujeres, no se dejaban arrastrar por los placeres del cuerpo, tan practicados por patricios y matronas, sino que, por el contrario, mostraban otras galas ya olvidadas por la sociedad de su tiempo: la virginidad, la castidad, la pureza y el pudor. Estas virtudes fueron un verdadero escándalo para el mundo pagano y sacrílego. Y esa es precisamente la utilidad de estas virtudes: mostrar que hay algo superior a los anhelos y placeres de este mundo.

La virginidad hace frente a la ideología pagana, tanto a la de ayer como la de hoy, proclamando que tiene su origen y su razón de ser no en el hombre sino en el Cielo. Es un grito evangelizador que le dice a este mundo pasajero que el placer del cuerpo no es el medio ni la meta, sino que es el alma quien debe gobernar al cuerpo y dirige hacia aquello para lo cual alma y cuerpo fueron creados: para la vida eterna en gloria y alabanza a Dios.

La virginidad no es esterilidad, aunque aparentemente lo parezca. De hecho, la virginidad de María Santísima fue la más fecunda de la historia, pues el mismo Dios se encarnó en sus entrañas haciendo posible la Redención de la humanidad; de ahí que María es la Virgen por antonomasia. En el caso de los sacerdotes y monjas, su virginidad engendra hijos espirituales, y por eso se les llama coloquialmente «padres» y «madres».

En resumen, la elección de la vida virginal es dar testimonio del carácter transitorio de la realidad terrestre y vivir un anticipo de los bienes futuros.

Redacción

CITAS PARA REFLEXIONAR

«¿Podremos creer que los consejos de los demás son mejores que los de los Apóstoles? Dice san Pablo: Yo os doy consejo; y estos hombres quieren disuadir a todo el mundo para que no abracen la virginidad»

(San Ambrosio de Milán)

«Conozcan… la dignidad del matrimonio cristiano, que simboliza el amor entre Cristo y la Iglesia; pero comprendan la excelencia mayor de la virginidad consagrada a Cristo, de suerte que con la donación total de cuerpo y alma se entreguen al Señor tras una elección seriamente meditada y generosa»

(Optatam totius. n. 10. Concilio Vaticano II)

«La Iglesia siempre ha tenido el celibato en muy alta estima, ya que Jesucristo fue célibe; Él es modelo de la perfección humana. Hay quienes objetan pensando que nosotros no podemos imitarlo. Se equivocan. La verdad es que Jesucristo, siendo Dios, asumió verdaderamente la naturaleza humana, siendo igual que nosotros en todo menos en el pecado; Él nos da la Gracia para vivir, siendo hombres, su amor sobrenatural».

(Pbro. Jordi Rivero)

«Ser virgen es ser en la Tierra como los ángeles, pero aún con más mérito, pues los ángeles son vírgenes porque carecen de carne y, por lo mismo, no pueden otra cosa que serlo; pero nosotros, con cuerpo carnal y corruptible, sujeto a todas las concupiscencias, en medio de un mundo corrompido sobre todo por la impureza, con la lucha constante de las pasiones que el demonio levanta alrededor nuestro y a pesar de todo ser un alma, pura, casta y virgen, aunque parezca exageración, es ser que más un ángel».

(Pbro. Rodríguez Villar)

«La virginidad puede aconsejarse, no mandarse. Es objeto de aspiración, no de precepto, pues la Gracia no se impone, sino se desea, supone la libre elección, no la servidumbre obligatoria».

(San Ambrosio de Milán)

TEMA DE LA SEMANA: ¿TODAVÍA SIRVE DE ALGO LA VIRGINIDAD?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 7 de julio de 2019 No.1252