Aunque Cristo reveló que la vida célibe está por encima de las otras opciones de vida,«esa superioridad de la continencia sobre el matrimonio —explica Juan Pablo II en la exhortación Vita consecrata— no significa nunca, en la auténtica Tradición de la Iglesia, una infravaloración del matrimonio o un menoscabo de su valor esencial».

El matrimonio no es nada reprochable; por el contrario, es tan santo que Dios mismo lo elevó a la categoría
de sacramento.

Ahora bien, ¿es posible casarse y aún así permanecer virgen? Dice san Pablo que se vale la continencia temporal: «Que el marido cumpla los deberes conyugales con su esposa; de la misma manera, la esposa con su marido. La mujer no es dueña de su cuerpo, sino el marido; tampoco el marido es dueño de su cuerpo, sino la mujer. No se nieguen el uno al otro, a no ser de común acuerdo y por algún tiempo, a fin de poder dedicarse con más intensidad a la oración; después vuelvan a vivir como antes, para que Satanás no se aproveche de la incontinencia de ustedes y los tiente» (I Corintios 7, 3-5).

Pero hay casos excepcionales. Mencionamos dos ejemplos:

Santa Cecilia consagró su virginidad a Cristo, pero sus padres la casaron con Valeriano, y en la noche de la boda ella le comunicó de su voto perpetuo por el que su esposo no debía tocarla jamás; y a Valeriano se le permitió ver a un ángel al lado de Cecilia protegiendo su pureza.

San Eduardo, rey de Inglaterra en el siglo XI, vivió la virginidad en su matrimonio de mutuo acuerdo con su esposa Edit, tras discernir que era algo que Dios le estaba pidiendo. Ambos esposos, de una vida espiritual muy profunda y apegada a la Eucaristía y a la Santísima Virgen María, y cuyo reinado se caracterizó por el deseo de «servir antes que mandar», permanecieron vírgenes hasta la muerte.

TEMA DE LA SEMANA: ¿TODAVÍA SIRVE DE ALGO LA VIRGINIDAD?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 7 de julio de 2019 No.1252