El beato Tomás de Kempis requirió cuatro años para poder escribir, durante sus tiempos libres y conforme a lo que también iba reflexionando en su propio camino espiritual, los cuatro libritos que conforman La Imitación de Cristo, un volumen que ha servido por 600 años a seglares, consagrados y ministros ordenados como herramienta para avanzar en el camino hacia la santidad, que a fin de cuentas es el mandato de Dios para todos: «Sed santos, porque Yo soy Santo» (I Pedro 1, 16).

Cristo en el centro, la solución

Lo escribió en un momento en el que Europa, especialmente la Iglesia, se hallaba en una grave crisis moral, por lo que surgía un clamor general a fin de hacer algo que de verdad hiciera más santos a los bautizados. Y el tímido y silencioso monje agustino percibió que para lograrlo era necesario que cada cristiano trabajara en su vida personal por la santidad, la cual no es posible sino viviendo un verdadero cristocentrismo, el cual no depende de las grandes especulaciones teológicas sino de lo práctico, haciendo énfasis en la vivencia de las «verdaderas virtudes», tales como la renuncia, la humildad y la obediencia, a imitación de Cristo, quien, siendo Dios, «se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres… Y se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2, 6-8).

Pensado originalmente para monjes contemplativos, seminarios y casas de formación religiosa, el libro acabó siendo leído y usado como guía de vida interior por toda clase de personas. El prior Pirkhamer dirigió en 1494 al editor Pedro Danhausser westas líneas:

 «Nada más santo, nada más honorable, nada más religioso, nada en fin más provechoso para la comunidad cristiana podrá usted nunca hacer que dar a conocer estas obras de Tomás de Kempis».

EL DIABLO METE SU COLA

Y no es de extrañar que, ante tanto éxito obtenido, tarde o temprano fueran surgiendo envidias y descalificaciones:

  • Que si se hace demasiado énfasis en Cristo, se pueden descuidar cosas que son también importantes.
  • Que La Imitación de Cristo es una colección de moralismos y biblismos exagerados.
  • Que si se da menos importancia a lo intelectual que a la devoción hay peligro de caer en una religiosidad puramente afectiva sin sólida base teológica.
  • Y que la búsqueda de la santidad personal lleva a aislarse, despreciando y denigrando a quienes no tienen acceso a ella; o que al menos conduce al desinterés por la vida apostólica y por la vida misionera en un supuesto «yo no quiero salvar a nadie; sólo deseo salvarme a mí mismo».

UNA GRAN HERRAMIENTA

A pesar de todos estos sospechosismos para debilitar la influencia del libro, éste provocó muchas conversiones y grandes santos a lo largo de los siglos, y también tiene importantes efectos en quienes hoy lo utilizan como herramienta siguiendo este llamado divino: «Trabajen por su salvación con temor y temblor» (Filipenses 2, 12).

Hasta los años 60 del siglo XX La Imitación de Cristo era todavía un best-seller. Sin embargo, después del Concilio Vaticano II, habiéndose abierto una tendencia menos intimista y contemplativa, a favor de una más social y abierta al mundo, hubo alguna sensación de que «el desprecio del mundo» impulsado por el Kempis era una forma de vida cristiana que había que superar. Por eso prácticamente no ha llegado a las manos de las generaciones actuales.

Más o menos recientemente el Kempis ha empezado a ser nuevamente promovido en los ambientes eclesiales. Por ejemplo, el sacerdote capuchino Raniero Canalamessa, predicador de la Casa Pontificia, durante el retiro cuaresmal para la Curia Romana en marzo de este año, alabó La Imitación de Cristo como «una especie de manual de introducción a la vida interior» y como el «libro más amado entre los cristianos, después de la Biblia».

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: VOLVER A KEMPIS PARA ECHAR ALMA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 21 de julio de 2019 No.1254