Por Sergio Ibarra

Poetas, filósofos, maestros, sacerdotes, cineastas y cualquier cantidad de novelistas se han inspirado en uno de los sentimientos universales esenciales de la vida de todo ser humano: la amistad. Es de tal forma universal, que se le tiene asignado un día para conmemorarse.

Aprendemos desde pequeños la importancia que tiene tener y ser una compañía con quien jugar, juntarnos en el recreo, compartir el lunch, salir por las tardes a andar en bici, echar una cascarita, hacer alguna aventura o hasta travesuras. Incluido haber estudiado el catecismo juntos. Los cambios de escuela o de casa o de ciudad en ocasiones nos alejan de aquellas primeras amigas y amigos.

El paso de los años nos lleva al viaje de la adolescencia, donde surgen otros vínculos, los primeros amores y decepciones, las primeras parrandas, el reto de terminar la secundaria y la preparatoria, enfrentar incomprensiones y fracasos, compartir angustias, lecturas y largas reflexiones. Nos formamos, aprendemos y crecemos al lado de alguien.

La edad adulta muestra lo complejo que es conservar amigos. Fomentarlos y cuidarlos se va haciendo más complejo debido a las ocupaciones, desafíos y responsabilidades que la vida depara a cada cual. Sorprende que les veamos, a veces, ni siquiera una vez al año; sin embargo, aquellas y aquellos en quienes sembramos y sembraron en nosotros la semilla de este valor inconmensurable, perduran, a pesar de la distancia y los años transcurridos, de tal forma que el día que les encontramos, compartimos lo esencial de nuestras vidas a sabiendas de que estará en buenas manos, que el día que una desgracia sucede, la pérdida de un ser querido, una enfermedad y hasta una emergencia económica, ahí están.

La amistad es una bendición, un regazo donde recuperarse de un traspiés; como bien lo definió el poeta Netzahualcóyotl, es lluvia de flores preciosas. Es un puente por el que podemos cruzar de ida y de regreso, seguros de que no se va a caer, porque una parte y la otra lo sostienen, porque la amistad es portadora de la confianza y la comprensión mutua.

La prisa del mundo moderno nos pone ante este vital dilema: privilegiar y dedicar tiempo, atención, detalles y cariño a esos seres que nos han brindado este sentimiento, ese puente que enaltece al ser humano.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 21 de julio de 2019 No.1254