Por Mary Velázquez Dorantes

La experiencia de la belleza humana comienza a partir del reconocimiento del alma, como un factor crucial para una vida plena. El manual de instrucciones para la vida inicia con los cuidados del corazón, la mente y el espíritu. La apariencia física ha relativizado al mundo de los hombres, se piensa más en el exterior que en el interior, restando importancia a una de las partes fundamentales de la existencia humana.

Los pensamientos, las actitudes, los valores, las emociones, las sensaciones, el silencio, la oración, la cercanía a Dios son pilares fundamentales para aprender a cuidar el alma.

Todo ser humano tiene una profunda necesidad de la belleza; no obstante, la vida moderna ha centrado esa necesidad en los objetos, las marcas, las experiencias. Pareciera una fábula costosa para el hombre en sí mismo, y resulta tan agobiante que al momento de sacar el balance de la vida los estímulos exteriores han provocado un gran vacío, dejando a la humanidad ausente de sí mismos y aterrados por lo que no son.

¡CUIDADO CON LO FEO!

Apreciar la belleza interior es un camino largo y profundo, es evitar las distracciones que nos hacen vulnerables a aquello que se repite constantemente: ser feo. Luchar por no envejecer, tener un cuerpo perfecto, ser atractivo o sensual se ha vuelto un factor destructor para la psique humana.

La esencia de la belleza radica en transformar las ideas comerciales en ideas realistas y potencialmente verdaderas. Cultivar lo profundo es entender el secreto de la vida cotidiana, es aprender a limpiar el corazón de lo negativo, es evitar  la catástrofe de ideas, dejar de considerar al sufrimiento como castigo, retirar de la mente la duda e incertidumbre, para entonces comprender el papel de la esencia de la vida en los desbaratados intentos por conseguir un mundo exterior perfecto.

La belleza interna no es reconocida como la externa; sin embargo, su valor es fundamental para la existencia humana. La belleza del alma no es una formula de episodios breves y superficiales, es más bien la formidable capacidad para reconocer la presencia constante de Dios en todo lo que nos circunda.  Reconocer las facultades del alma parte de un principio único: la vida misma.

ALTAS DOSIS DE ESPERANZA

La mayoría de los hombres y mujeres de la actualidad sufre episodios de ansiedad. Presentan caos profundos por desear retener el tiempo, invierten grandes cantidades en su apariencia, se comprometen con su cuerpo y le van quitando a la balanza el desarrollo personal, el entendimiento del proceso natural de la vida, el significado de las vivencias, el aprendizaje de los problemas. Es aquí donde suceden las enfermedades del alma, donde los expertos afirman que muere el espíritu, porque se descuida la esperanza de la vida, la única forma de comprender el sentido de la existencia.

El hombre moderno invierte en lo perecedero, mientras que la esperanza, la fe, el cuidado interior, el ser en el mundo le devuelve la vitalidad al espíritu. La reparación de la imagen cumple solo una fase, mientras que el cuidado del alma requiere de un quehacer cotidiano, de una sensibilidad de aceptación, de una constante corrección en los fallos, de la inquebrantable paciencia y atención de nuestro yo interno.

PLENITUD VS AGONIA

El dinero, el sexo, la diversión, el poder, el status son las manifestaciones en las que muchos vierten su vida entera, para terminar descubriendo la agonía del vacío existencial. Del otro lado existe la plenitud que implica una vida sana, es decir, sin síntomas de oscuridad, estrés, depresión, angustia, malestares comunes en la sociedad, espejismos de la vida moderna producto de la sociedad de consumo y de una vida  rodeada de fantasías.

La plenitud del cuidado del alma trae consigo la sobriedad de una vida llena de realidades, iniciando con la actitud que se tiene frente a la vida misma, el tipo de decisiones que tomamos día a día, el carácter con el cual enfrentamos la realidad, las píldoras del deshago emocional, el tiempo a solas que necesita cada persona, la gratitud con lo que se tiene y con lo que no, la alegría de un espíritu con gozo, un estilo de vida donde el cuerpo, la mente y el alma no agonice, sino que recupere la paz interior, el verdadero espacio de Dios en nuestras vidas y el equilibro del mundo interno como externo.

Aprender a cuidar de nuestra alma exige compromiso y valor, coraje y valentía en un tiempo constante. No es una moda, ni tampoco una lectura de auto ayuda rápida, es la conciencia de entender que la belleza interior nos ayudará a ser cada vez más plenos.