Por Modesto Lule MSP

La misa se había prolongado un poco. Estaba lloviendo y el aire me regalaba ese rico aroma a tierra mojada. Como yo no presidía, podía volar al pasado y recodar cuando era niño y cortaba la flor de cempasúchil en medio de las plantas bañadas por la lluvia que había caído durante la noche. A algunos les gusta el aroma, a otros no. A unos nos traen recuerdos gratos a otros tristes. Esas mismas flores las ponen encima de las tumbas en los cementerios o en los mismos velorios. Por eso a unos les traen recuerdos tristes. Pero a mí no, además estaba en medio de la misa y ahí se iba a hacer presente en la Eucaristía el que venció a la muerte. Mi esperanza en Él no podía llevarme a la tristeza. Los crisantemos que estaban enfrente del altar me revivían el recuerdo por la misma forma que tienen a la flor de cempasúchil.

Cuando salí de la capilla pasé por el pequeño portal que está a un lado de la casa. La vi ahí, nadie estaba con ella y me vino un pensamiento atrevido. Tenía que dejar el alba, la Biblia y la liturgia para regresarme y estar en ese portal aunque fueran 15 minutos. Tuve que programar algunas capsulas en la radio, el tiempo «caminaba» muy de prisa y de esos 15 minutos ya solamente me quedaban 13. Tuve que ser ágil y pasé las dos puertas antes de llegar al portal. La miré al pasar la primera puerta. La segunda era de cristal así que podía ver quien estaba del otro lado. No prendí la luz, me gustaba ver los rayos de luz atravesar por los cristales en aquel portal. Abrí la puerta y me le acerqué muy despacio. Estaba fría, pero así la tomé. Los relámpagos alumbraban la noche y me permitían ver que las nubes estaban ahí cerca aunque ya no dejaran caer el agua como lo hacían una hora antes. No importaba que ya no lloviera, el ruido del agua que caía de los techos de lámina hacía una especie de arrullo. Era azul aquella silla que había visto y que además estaba sola. Estaba fría pero aun así me senté y metí mi mano al pantalón para sacar el rosario. Comencé a desgranarlo mientras rezaba los Padrenuestros y las Avemarías. Al rezar vinieron a mi mente aquellos recuerdos de niño cuando en los tiempos de lluvia nos reuníamos en el portal de la casa de mi abuelita para escuchar las pláticas de los grandes y comer aquellas tortas de harina de trigo que muy bien sabía hacer mi abuela. Los grandes tomaban café y nosotros, siendo niños, pasábamos el bocado con golpes de pecho. Era trascendente escuchar las pláticas de los grandes que reseñaban los tiempos de ellos o nos hablaban de los familiares lejanos que nunca habíamos visto pero nos los acercaban con sus pláticas.

Tiempos aquellos en los que todos éramos uno en torno a esas pláticas y a esas tortas de trigo. Los tiempos han cambiado. A mis familiares ya no les tengo cerca, ni las tortas de trigo las he comido. Pero hoy los traía a mi mente y pedía por ellos. Tocaron la campana: era momento de detener el rezo. Me puse de pie y doblé la silla, era hora de reunirme con la familia que me había dado Dios al aceptar su llamado para ser misionero. El aroma de las flores no se había ido, ni las imágenes ni los recuerdos. Le prometí regresar a la silla, y si el clima era igual, sin duda que al tiempo se lo agradecería.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 4 de agosto de 2019 No.1256