Por José Francisco González González, obispo de Campeche

Lucas 12, 49-53 nos transmite, en el Evangelio de hoy, frases muy fuertes de Jesús. Así, por ejemplo, leemos: “He venido a traer fuego a la tierra”; también, “No he venido a traer la paz, sino la división”.

Ciertamente, las sorpresivas expresiones están en conexión con la radicalidad en el seguimiento de Jesús. Seguir a Jesús conlleva riesgos a ser enjuiciados, a experimentar el fracaso de la muerte y la posibilidad de una existencia solitaria, rodeada de incomprensiones.

El texto del Evangelio alude a dos personajes bíblicos. Por un lado, la frase “he venido a traer fuego”, se refiere a la expectación, siempre latente, de la venida del profeta Elías (cf. Ecclo 48, 1ss). Pero, también alude al Bautista con aquella frase del precursor: “Él los bautizará con el Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16).

El ‘fuego’ indica el poder de Dios que purifica. Es el poder de la santidad de Dios, que va quemando la impureza del hombre. Al profeta Isaías, Dios mandó ángeles con carbones encendidos para purificar sus labios pecadores. El fuego santo de Dios destruye la altivez de los soberbios de la tierra.

Jesús, al portar el fuego de Dios sobre la tierra, purifica los antiguos vicios de la comunidad, separando el trigo de la paja. Es así como se entiende que Jesús, con el amor que trae, destruye lo malo. Bien lo dice un dicho en latín: “Amor vincit omnia” (el amor vence todo).

FUEGO QUE DA VIDA NUEVA

Para esta acción purificadora de Jesús, debe Él mismo pasar por un Bautismo (Lc 12,50). El bautismo se identifica con el fuego. Por eso, el afirmar que Jesús tiene que ser bautizado significa que debe pasar por el fuego.  Leyendo y comparando el texto de Marcos 10,38, entrevemos que la alusión al bautismo de Jesús no es otra cosa sino la realidad de su muerte. Así pues, el gran campo de la fuerza destructora y creadora de Dios se ha concentrado en el Calvario.

El fuego de Jesús sobre la tierra es un camino de amor durante el tiempo de la vida. Si alguno quiere descubrir la fuerza destructora de ese fuego tiene que voltear a ver la cruz. Es allí donde se devela la fuerza purificadora de Dios, su infinita dureza, su exigencia. Pero después de la muerte, viene la resurrección, la vida nueva que genera la Pascua.

FUEGO QUE TRAE PAZ

Es así cómo se comprende la paz que Jesús viene a instaurar en el mundo. Esa paz crística reunirá a los dispersos, ejercerá justicia plena a los afectados por la injusticia y generará movimientos de concordia entre los hombres resentidos y vengativos.

Jesús afirma un paso decisivo a dar: Desgarrar los vínculos de una familia fundada solamente en la unidad de la sangre y del egoísmo. Quien haya recibido toda la dureza de este juicio separador, será capaz de edificar la nueva familia de Jesús, arraigada en el amor a los demás. Eso es el Reino de Jesús.

El Padre Pío clamaba: “La Iglesia crece en el mundo en virtud de la cruz de Cristo, y con la cruz está en estrechísima relación al altar del sacrificio eucarístico”.

En el Proyecto Global de Pastoral 2031-33 leemos: “Todo el Pueblo de Dios en su conjunto, estamos llamados, por el bautismo, a trabajar por la reconstrucción de la paz, a ejercer nuestro sentido profético ante esta situación, no sólo al anunciar con el testimonio el proyecto de Dios, sino denunciando con valor las injusticias y atropellos que se cometen, dejando de lado temores y egoísmos, muchas veces aun a costa de la propia vida, como ha sucedido con periodistas, defensores de los derechos humanos, líderes sociales, laicos y sacerdotes”. (Nº 176).