Por Miguel Aranguren

A veces me respondo a preguntas sin emisor, como si creyera que alguien espera a que complete un cuestionario de trivialidades.

«¿Cuál es mi verbo preferido?», y me digo: «Jugar». «¿Cuál es el invento más importante de la humanidad?», me interrogo con la inquisición de un periodista perspicaz, para responderme que si hablamos de invenciones humanas, de nuestra genialidad discursiva, de la habilidad para crear objetos útiles,  me quedo con el lápiz.

Si reprodujera en esta columna lo que Wikipedia ilustra acerca del origen de esa pequeña estaca de madera atravesada por una barra de grafito, podría colgarme el mérito de conocer curiosas anécdotas de la Historia, lo que me daría cierto prurito de amor por el conocimiento.

Podría también explicar cuál es su proceso de fabricación, algo que, siendo honesto, desconozco. Podría describir el lapicero con la soltura de un vendedor ambulante que ahueca la voz al tiempo que alza los puños cargados de tan dócil instrumental.

Pero en este caso lo importante no es el objeto sino el concepto: el ser humano puede abstraer la realidad para representarla mediante signos más o menos inteligibles. En cuanto el lápiz pasa a cumplir la misión para la que fue pensado, diseñado y elaborado se convierte en el más cualificado aparejo para corporeizar la conciencia. La mina de grafito descubre aquello que habita en el corazón del hombre; con sus trazos levanta un monumento a toda clase de pensamientos y sensibilidades. Un pedazo de madera de cedro con una estrecha barra de mineral dibuja números, elabora fórmulas matemáticas, caligrafía palabras y hace de las líneas y los difuminados estampas plásticas que replican los sentimientos de su autor.

El lapicero, por supuesto, ha heredado en su grisácea humildad las marcas de los punzones, de las cañas de pluma de ave, plumillas de metal y otros objetos que transformaron tablillas y cueros, papiros y superficies de cera en legados de la agudeza de nuestros antepasados. Y el lápiz, por supuesto, acepta una pacífica convivencia con estilográficas y bolígrafos, rotuladores y otros inventos que retratan en tinta el ámbito del espíritu. Las tabletas digitales y, por qué no, los cursores de las computadoras en las que ahora se facturan artículos y novelas son descendientes de su modestia.

Un lápiz al que apenas le queda viruta que sacar, viene a decirnos que nuestras necesidades -más allá del alimento, bebida, vestido y techo- son pocas, muy pocas, quizá las que caben en tan básico utensilio: aquello que necesitamos comunicar. En compartir qué somos y quién somos llega a resumirse nuestra naturaleza social. Cuando a las palabras se las lleva el viento, apenas tiene sentido dibujarlas en el aire o en la arena de una playa en marea baja. Es el grafito el que eterniza el brevísimo paso de cada uno de nosotros por la tierra, el que nos individualiza, el que nos hace indispensables, en una seductora imagen de nuestro destino infinito. ¿Qué le hubiera ocurrido a la humanidad de conocer qué dibujó Jesús en el polvo, frente a la mujer pecadora? Fueron las únicas señales firmadas con sus huellas dactilares. Pero por no haber un lapicero de por medio, un simple lapicero, se las llevó un golpe de viento o una distraída pisada.

Cuando compro un lapicero y lo tomo entre los dedos, su mina puntiaguda me desafía con todo lo que podría albergar en su interior. Pero no es tanto la misión para la que ha sido fabricado, el hecho de que lo haya comprado, como la habilidad de mi mano derecha, conectada directamente a mis pensamientos y a mi corazón, lo que le permite hacerse palabra, frase, párrafo, personajes, trama, capítulo, rostro, paisaje, luz y sombra, mensaje, anuncio, relato, artículo, novela, ensayo… En sus filos hay una declaración de amor, la resolución de un problema de aritmética, el listado de los posibles nombres para un hijo, las cuentas domésticas con las que se estira una nómina hasta final de mes, los versos emborronados de una futura poesía y hasta la estructura de una oración dirigida al Cielo.

A veces busco una superficie en blanco (una cartulina con suficiente gramaje para después poder trabajar con colores al agua) y tomo un lápiz (este lápiz recién comprado, por qué no). Frente a mí se despliega un océano de perspectivas en fibras de algodón. Respiro. Cierro los ojos. Busco entre mis recuerdos y sin darme apenas cuenta el lapicero obra el milagro: raya por la derecha, esboza por la izquierda, corrige, perfila, insiste… Hay un momento en el que la cartulina es un accidente que sostiene la tridimensión. El lapicero, por su parte, es solo parte del juego que confunde al ojo tras dibujar un universo paralelo que condensa emociones que no sería capaz de transmitir sin la ayuda de sus líneas más o menos intensas.

A veces respondo preguntas que nadie me ha hecho, como si mis respuestas fueran a iluminarme. Es un modo con el que puedo valorar lo extraordinario en medio de lo ordinario, un simple lapicero que se hace capaz de acercarme al misterio de Dios.

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