Por Tomás de Híjar Ornelas

La soberbia del impío oprime al infeliz y lo enreda en las intrigas que ha tramado. Sal. 9ª,1

La Congregación del Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, emitió un decreto que lleva el número de protocolo 454/17 y está firmado en Roma por su Prefecto,

el cardenal Roberto Sarah, el 11 de junio del 2019, accediendo a la solicitud que a nombre de los obispos de México le hizo el 20 de junio del 2017 quien presidía la Conferencia del Episcopado Mexicano en ese entonces, el cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, en el marco de la CIII Asamblea Plenaria de ese organismo, para que, tomando en consideración la vida, obra y martirio del beato Anacleto González Flores (1888-1927), le declarara celestial patrono de los fieles cristianos laicos en México.

Muchos años atrás, en el 2004, el Instituto Mexicano de Doctrina Social Católica publicó, de Jean Meyer, el libro Anacleto González Flores: el hombre que quiso ser el Gandhi mexicano, en el que el académico que desde las ciencias sociales más ha hecho por rescatar de forma integral la memoria de la persecución religiosa en México en su fase más cruda, la Cristiada, da los datos que bien le merecen este título al beato Anacleto: su adhesión inquebrantable a la Iglesia desde su condición de fiel laico, casado y con hijos; comprometido con la evangelización a través de la catequesis infantil, de la prensa, de la palabra y de la cátedra.

Quienes hemos tenido la fortuna de conocer su vida y estudiar su profusa producción escrita, damos fe que nadie como Anacleto condensa ese núcleo del catolicismo mexicano que acabó a porrazos el anticlericalismo gobiernista, primero a punta de decretos jamás discutidos en el Congreso; luego, a través de conjuras de grupúsculos, pequeños en número pero muy influyentes en ascendencia política; después, a punta de pistola y con amagos y, finalmente, a través de la Constitución promulgada en 1917 (el «almodrote» de Querétaro, lo llamaron los militantes del catolicismo social), que no sólo desconoció jurídicamente a la Iglesia, sino que reprimió la libertad religiosa hasta ponerla al borde del aniquilamiento.

Que tal cosa sucediera en un país donde casi el cien por ciento de sus habitantes estaba bautizado y era hijo de la Iglesia fue uno de los factores que más impactó al joven estudiante de leyes que en Guadalajara, entre 1913 y 19, luego de una decepcionante participación en el villismo, que es como decir, de su desencanto de la guerra y de la violencia armada (donde sirvió como tribuno, nunca con las armas en la mano), le lanzó a la resistencia pasiva en su forma más pura: el boicot al comercio, las manifestaciones públicas multitudinarias pero pacíficas y propositivas, la integridad de vida al grado de nunca aspirar a nada más allá de lo indispensable.

La vida y obra de Anacleto González Flores es tan apasionante como la forma en la que terminaron sus días, el 1º de abril de 1927, en el paredón de fusilamiento, sin juicio alguno, luego de haber sido objeto de tortura muy refinada y visto morir a tres jóvenes sólo por ser católicos en una época de persecución religiosa.

El arresto en estos días de católicos que se manifestaban en el Capitolio de Washington, incluyendo presbíteros y monjas, me hizo recordar la esencia de la fe cristiana, que no está en los templos, en las ceremonias triunfalistas, en el boato ritual, sino en la vida, en la calle, en el compromiso social que un día tuvieron los fieles laicos en nuestro país y ahora reclaman para sí, por el abandono católico, los cristianos que no lo son pero siguen, sin saberlo, las huellas de Anacleto González Flores.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 4 de agosto de 2019 No.1256