Dios, pues, nos pide que seamos generosos al sembrar y que a la vez sea de buena gana, con alegría

Por Modesto Lule MSP

Hay un cuento que narro muy seguido porque tiene mucha enseñanza. Dice que un ingeniero agrónomo recién egresado llegó a un rancho y buscó al anciano del pueblo. En provincia todavía se respeta al anciano. Ellos, al tener más edad, tienen experiencia y, por la experiencia, tienen sabiduría.

Al tener experiencia y sabiduría tienen autoridad moral y, por lo tanto, son dignos de respeto. Esto se olvida en las grandes urbes y en otras no tan grandes, pero algunos que creen que son de las grandes urbes tratan a los ancianos como los de las grandes urbes. En las grandes urbes muchos dejan a los ancianos en un lugar a puerta cerrada conviviendo con otros ancianos. Los visitan cada que quieren y los tratan como si fueran niños. Pero esto pasa solamente en las grandes urbes y las personas que piensan que están en las grandes urbes. Eso, pues, es harina de otro costal. El cuento dice que en ese pueblo al anciano se le respetaba y este neo ingeniero agrónomo (neo significa nuevo, reciente) buscó al anciano para preguntarle algunas cosas:

– Disculpe, don Romualdo, ¿aquí sale zanahoria?
– No joven, aquí no sale zanahoria.
– Y ¿aquí sale jitomate?
– No joven, tampoco sale jitomate.
– Disculpe, ¿y rábano?
– No, pues ni rábano.
– ¿Y si sembramos frijol?
– Bueno, si sembramos sí sale. Aquí las cosas no salen así nada más, hay que sembrarlas.

La vida es así, hay que sembrar para cosechar. La familia que se queja de que sus hijos no les hacen caso, deben preguntarse si sembraron en ellos valores. Si los esposos no se respetan deben preguntarse si sembraron respeto desde que se conocieron. Si la sociedad sufre por la violencia debe preguntarse qué se ha sembrado en las familias, ya que las familias son las células de una sociedad. Cosechamos lo que sembramos en nuestra persona y en nuestra relación con los demás.

En la Biblia, en la carta a los Gálatas, capítulo 6, versículo 7 y 8, dice: «No se engañen ustedes: nadie puede burlarse de Dios. Lo que se siembra, se cosecha. El que siembra en los malos deseos, de sus malos deseos recogerá una cosecha de muerte. El que siembra en el Espíritu, del Espíritu recogerá una cosecha de vida eterna».

Con nuestros actos, con nuestras palabras, con nuestros pensamientos, con nuestra escritura, con nuestros dibujos, con todo sembramos. Y el fruto de eso lo vamos a cosechar tarde o temprano.

Quizá no en esta vida, porque no todo lo podemos cosechar en esta vida, pero es seguro que lo vamos a cosechar. La misma palabra de Dios nos dice en la 2da carta a los Corintios, capítulo 9, versículos del 6 al 8:«Acuérdense de esto: El que siembra poco, poco cosecha; el que siembra mucho, mucho cosecha. Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, y no de mala gana o a la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría. Dios puede darles a ustedes con abundancia toda clase de bendiciones, para que tengan siempre todo lo necesario y, además, les sobre para ayudar en toda clase de buenas obras».

Dios, pues, nos pide que seamos generosos al sembrar y que a la vez sea de buena gana, con alegría. Sembremos sonrisas, abrazos, consejos, respeto, justicia, amor, generosidad, ternura, compasión, paciencia, comprensión y muchos valores más, para que esta sociedad en la que vivimos cambie. Puede ser que te hayas cansando de sembrar y no cosechar ahí donde quizá estás trabajando o estudiando o, hasta en la propia familia, pero recuerda que lo que sembramos es para cosecharlo principalmente en la vida eterna. Si en esta vida no alcanzamos a saborear esos frutos sin duda lo haremos en la otra vida.

Hasta la próxima.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 18 de agosto de 2019 No.1258