Por Tomás de Híjar Ornelas

…lo que los hombres tienen por más elevado Dios lo aborrece. Lc. 16, 15

La palabra aramea mammón, que en nuestra lengua suena casi como sinónimo peyorativo de lactante, la conservó la versión en griego del Nuevo Testamento como sinónimo de abundancia material y de avaricia.

Jesús, en el Sermón del Monte, su declaración de principios, condena la ostentación material llamándola mamonás. En otra parte afirma, dirigiéndose a los suyos y con el deseo de evitarles ser esclavos del amor al dinero: «no pueden servir a Dios y a Mammón » (Lc 16, 13).

Su proceder lo explica un dato duro: que los judíos de hace dos mil años, incluidos los discípulos y los apóstoles, identificaban las bendiciones del cielo con salud, dinero y amor, es decir, como nosotros lo hacemos. Él, en cambio, no hizo el menor eco a esta teología de la «prosperidad» sino que ante ella se condujo distante y hostil.

El desprecio absoluto a las posesiones mundanas lo recuperan los teólogos católicos de hace mil años convirtiendo la palabra de marras en nombre propio del demonio de la injusticia. Santo Tomás de Aquino, incluso, lo ve, no en sentido literal sino metafórico, «ascendido desde el infierno por un lobo, viniendo a inflamar el corazón humano con su avaricia».

Cuatro siglos después de él, John Milton, en su extenso poema El Paraíso perdido (1667), describe a Mammón como un ángel al que sedujo el oro con el que están empedradas las calles en las moradas eternas y que desde entonces vaga sembrando en el corazón humano el deseo irrefrenable de expoliar las entrañas de la tierra para extraer de ellas sus riquezas.

Thomas Carlyle, en el tercer volumen de su obra La Revolución Francesa (1837), habla del Evangelio de Mammón a propósito del materialismo galopante de la era industrial. Animado por ello, Rubén Darío acuñará luego la frase «culto de Mammón» a propósito de la veneración al dinero.

A eso denominó en el año 2007, desde la catedral de Velletri, el Papa Benedicto XVI, vicio de Mammón, a propósito de quienes, además de adictos al dinero, lo procuran sea como fuere.

Pero la forma más ruin de servir a Mammón, creemos, es desactivar la fe cristiana haciéndola una estrategia más para lucrar con los donativos en metálico de los adeptos para luego usarlos de forma personal y a despecho, diría el Papa Francisco, de la «lógica del compartir y de la solidaridad».

Ahora bien, si según el Evangelio la felicidad no está donde la sitúan los teólogos de la «prosperidad», en el dinero y menos todavía en la acumulación indiscriminada de bienes finitos, sino en una relación real con el infinito, conviene tomar muy en cuenta eso que tan bien intuye la antropología tomista y recordó hace poco el cardenal Reinhard Marx, en la glosa que hizo a los estudios de Mary L. Hirschfeld en los que vincula la economía con la Suma Teológica del Aquinate: que la vida del hombre tiene un significado preciso, un sentido que «no puede consistir en buscar una serie infinita de fines diferentes». Según sus cuentas, «el hombre necesita tener un fin último claramente definido y capaz de conferir unidad a su vida», o sea, conocer que fue creado por Dios y no es fruto del caos.

Tomado en serio el Evangelio será siempre un enemigo natural de la tendencia económica, para la cual el valor de los bienes no descansa en el remedio que ellos dan a las necesidades humanas elementales sino en la forma en la que puedan alcanzar en el mercado los precios más altos para ofrecer las ganancias más pingües a los especuladores.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 25 de agosto de 2019 No.1259