Por Arturo Zárate Ruiz

El multiculturalismo propone que todas las culturas son igualmente valiosas y que sólo por prejuicios se dice que unas son mejores que otras.

En alguna medida, la propuesta tiene sentido. No se puede decir que la cultura esquimal es mejor que la árabe ⸺o viceversa⸺ porque unos vistan de pieles gruesas y otros con telas delgadas de lino o algodón. Cada cultura responde a sus circunstancias ⸺se diría⸺, y en la medida que lo hagan son tan buenas como cualesquier otras. Los esquimales visten pieles para protegerse del frío y los árabes algodón para protegerse del calor.

Otro ejemplo. El sombrero de charro de ala anchísima es apropiado en Jalisco para protegerse del sol en los campos. Sin embargo, aunque también queme el sol en el norte de México, y aun más, se prefieren allí sombreros con alas levantadas. Así los matorrales y los chaparrales no le tumban ese sobrero al vaquero al atravesarlos cabalgando a caballo.

Algunos llegarían a decir que la música culta no tiene que catalogarse como mejor que la música popular. Son distintas sus ocasiones y sus públicos.

Pero la validez de la diversidad no tiene que descansar siempre en la funcionalidad. Muchas veces bastan las meras preferencias de un grupo. En la película El turista accidental, un grupo de hermanos guarda su latería en la alacena no por el tipo de productos o el tamaño de las latas sino alfabéticamente. El atún lo ponen junto con las alubias y las setas junto a las sardinas. Por muy loca que parezca su costumbre, es válida, pues si les gusta ese método a esos hermanos, ¿por qué no ponerlo ellos en práctica?

Y así, si en México hay quinceañeras, en Estados Unidos las muchachas celebran el dejar de ser niñas a los 16 años, y lo hacen además colectivamente con la fiesta llamada “prom”, que disfrutan los muchachos y las muchachas cuando acaban los cursos de preparatoria. En fin, aunque yo prefiera los cortes de carne asada en término medio, algunos amigos míos los prefieren chamuscados y otros prácticamente crudos. Cada quien sus gustos y no me voy a poner a discutirlos.

Con todo, viéndolo bien, sí hay culturas mejores que otras. Es más, algunas no son ni admisibles. Una cosa es tener fiestas y disfrutar de bebidas estimulantes, otra es convertir esas fiestas en borracheras interminables y frecuentes. Una cosa es presentar a una muchacha en sociedad, otra es venderla como esclava u obligarla a casarse sin siquiera preguntarle si así lo quiere. Una cosa es aprender a vestirse según el lugar y la ocasión, otra es cometer el despilfarro de usar nueva ropa en cada hora del día. Una cosa son las costumbres románticas para enamorar a una mujer y casarse con ella, otra es las costumbres románticas para constituir un harem. Una cosa es aprender artes marciales para defenderse o defender a tu familia y a tu patria, y otra es hacerlo para robar, maltratar a tu vecino o someter a la servidumbre a otros pueblos. Una cosa es cazar o criar animales para alimentarse, otra es atraparlos para torturarlos y simplemente gozar por su sufrimiento. Una cosa es el arte de contar cuentos fantásticos, otra es la costumbre de levantar falsos testimonios.

En general, admitiendo que son muy diversas las culturas, una no deja de ser mejor que otra en la medida que facilite a las personas y las comunidades a crecer en las virtudes, especialmente las morales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Y las religiones son unas mejores que otras en la medida que acerquen a las personas a Dios y las santifiquen. De allí que la Católica supere a todas por fundarse en la Revelación plena que nos trajo Jesucristo.

Sería un gravísimo error, con base en un multiculturalismo malentendido, igualar las religiones o, peor, dejar de predicar el Evangelio por dizque “respeto” a las otras culturas. Venga un ejemplo bobo pero que viene al caso. A nadie le da pena vender “celulares” o “internet” en los pueblos más remotos. De hecho, venderlos no es ya ninguna proeza porque ya los han adquirido allí porque les son convenientes, aunque no provengan de sus tradiciones milenarias.

Con más razón debemos predicar el Evangelio. No hay mayor beneficio para cualesquier pueblos que acceder a la gracia y la salvación de Nuestro Señor Jesucristo. Es un deber llevar esa salvación y alegría a todos. No hacerlo podría ser un pecado de omisión que nos merecería la condenación eterna en el infierno.