Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

El día de la ordenación sacerdotal el sacerdote ordenado se comprometió, ante a Dios y delante la persona del obispo, a celebrar con piedad y fidelidad los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación.

El Señor obispo diocesano Don Faustino Armendáriz regaló a los sacerdotes, en hermosa edición, seis discursos del Papa Francisco sobre el sacramento de la Reconciliación.

Seleccionamos algunas enseñanzas del Papa para ayudar a los fieles a redescubrir la belleza de este sacramento y a acercarse con confianza al Trono de la Misericordia.

  1. Ante todo, el protagonista del ministerio de la Reconciliación es el Espíritu Santo.

El perdón que el sacramento confiere es la nueva vida transmitida por el Señor Resucitado por medio del Espíritu. Por tanto, ustedes son llamados a ser siempre hombres del Espíritu Santo.

  1. No olviden esto: la misericordia es el corazón del Evangelio.

Es la buena noticia de que Dios nos ama, que ama siempre al hombre pecador.

  1. Es necesario evitar dos extremos opuestos: el rigorismo y el laxismo.

Ninguno de los dos va bien, porque en realidad no se hacen cargo de la persona del penitente. En cambio la misericordia escucha de verdad con el corazón de Dios y quiere acompañar al alma en el camino de la Reconciliación. No confundir un confesor de manga ancha con un confesor misericordioso.

  1. La Confesión no es un tribunal de condena, sino experiencia de perdón y de misericordia.

La Confesión no debe ser una tortura, sino que todos deberían salir del confesionario con la felicidad en el corazón, con el rostro resplandeciente de esperanza, aunque a veces humedecido por las lágrimas.

  1. ¡Cuántas veces nos sucede (a los sacerdotes) que escuchamos confesiones que nos edifican!

Nos ocurre a menudo que asistimos a verdaderos milagros de conversión. ¡Cuánto podemos aprender de la conversión de nuestros hermanos! Nos impulsan a que nosotros hagamos un examen de conciencia.

  1. El confesor es, él mismo, un pecador, un hombre siempre necesitado de perdón; él, en primer lugar, no puede renunciar a la misericordia de Dios, que lo ha elegido y lo ha constituido para esta gran tarea.
  2. Cada fiel arrepentido, después de la absolución del sacerdote, tiene la certeza, por la fe, de que sus pecados ya no existen.

¡Ya no existen! Dios es omnipotente. Una vez que Él te perdona, se olvida ¡Y esto es grande! Los pecados ya no existen, fueron cancelados por la Divina Misericordia.

  1. ¿Qué hago si me encuentro ante un problema y no puedo dar la absolución?

Hablar como un padre: -Mira, por esto yo no puedo absolverte, pero puedo asegurarte que Dios te ama, que Dios te espera. Recemos juntos a la Virgen. Que sienta la calidez de un padre, que lo bendiga, que le diga que regrese.

  1. Un buen confesor es, ante todo, un buen amigo de Jesús Buen Pastor.

Sin esta amistad será muy difícil madurar esa paternidad, tan necesaria en el sacramento de la Reconciliación. Ser amigos de Jesús significa ante todo cultivar la oración.

  1. Un confesor que reza sabe bien que es él mismo el primer pecador y el primer perdonado.

No se puede perdonar en el sacramento sin la conciencia de haber sido perdonado antes. En la oración es necesario implorar el don de un corazón herido, capaz de comprender las heridas de los demás y de sanarlas con el óleo de la misericordia.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 1 de septiembre de 2019 No.1260