Por Vladimir Alcántara / Desde la Fe

Con la sonrisa plena, Sarahí ultimaba los preparativos para el acontecimiento; detallista en todo a sus ocho años de edad, indicaría a sus padres qué cantos se escucharían, cuáles otros se bailarían; les pediría muchos globos e infinidad de sonrisas para ese día; en particular, a su madre, le pediría que la arreglara muy bonita, que le pintara los labios y le pusiera el vestido con el que había hecho su Primera Comunión. No sería lo único que les pediría en esa sala de hospital, también deseaba que su féretro fuera totalmente blanco y que no hubiera lágrimas por su partida…

El caso de la pequeña Sarahí fue tan extraordinario, que familiares y amigos aún lo recuerdan a casi cuatro años
de haber ocurrido.

La mamá de Sarahí dice que por años su matrimonio viviría lleno de dicha al lado de sus dos hijas, hasta que en enero de 2014 Sarahí empezó con problemas de salud. Los estudios arrojaron lo que Sarahí tenía, una leucemia muy agresiva. El primer ciclo de quimioterapias fue un suplicio, pues Sarahí estuvo 21 días en ayuno, sin tomar siquiera agua; sin embargo, Sarahí se sobrepuso a eso, y más aún, mostró a todos los niños, familiares y doctores la manera en que se podía vivir en alegría, aún consciente de su enfermedad.

Apenas se repuso de ese primer ciclo, comenzó a pedir a Dios por todos sus compañeritos, les enseñó a orar, a alabar a Dios, a no dejarse amedrentar por los dolores de la enfermedad; tal era su actitud, que en las tres salas de «escolares» los niños pedían que Sarahí los acompañara, porque donde ella estaba la vida se volvía alegría. «Sarahí pedía a Dios y Mamita María por todos los niños, mencionando el nombre de cada uno; papás y médicos se sorprendían por la efervescencia, la fluidez y la belleza de sus oraciones, tan rápidas a veces, que los presentes llegaban a opinar que oraba en lenguas. Cuando los niños entraban a cualquier tratamiento que le causara dolor, Sarahí les decía: ‘No lloren, pídanle a Dios. ¡No tengan miedo!’».

Agrega su mamá: «Nunca renegaba de su enfermedad, e incluso, llegó a agradecérsela a Dios».

Recuerda la madre de Sarahí que una doctora, quien tenía fama de ser muy severa con los pacientes de todos los pisos, tras convivir un tiempo con su hija, le pidió contactarla con un sacerdote, pues quería hacer su Confirmación; la hizo, y desde entonces no pudo evitar enamorarse de cada paciente; lloraba cuando alguno sufría, hasta que finalmente abandonó las tareas hospitalarias.

«Otra cosa que jamás podré olvidar —comenta— es cuando fui con Sarahí y una compañerita de ella llamada Valeria al restaurante que está bajo los cuartos; ya ninguna de las dos tenía pelo. Valeria se sentía muy mal, pues le habían hallado tumores en el corazón. Sarahí, al ver el sufrimiento de Valeria, se la llevó hacia una esquinita, la invitó a hincarse y comenzó a hacer oración tomándole la cabeza; Valeria después se levantó y se le entregó en un abrazo, dejando a la señora del restaurante hecha un mar de lágrimas».

Los médicos llamaban a su hija «Sarahí, caso extraordinario», primero porque jamás habían tenido en el hospital a una niña que se comportara de esa forma y, segundo, porque se sobreponía a ciclos de quimioterapia que no cualquiera habría resistido. «Llegó a salir incluso del hospital por un periodo de siete meses, en los cuales hizo su vida con la normalidad de antes: iba a la escuela, asistía a Misa los domingos, a la Hora Santa los jueves, y cantaba en el coro de niños». Sin embargo, un día recayó y volvió al hospital.

Como en las recaídas la leucemia cobra mayor fuerza, una opción era darle sólo cuidados paliativos, en los que no hay manera de prolongar la vida del paciente; la otra, un doloroso trasplante sanguíneo de cordones umbilicales compatibles. «Sarahí eligió esta opción y pudieron conseguirse dos cordones umbilicales. En agosto la estuvieron preparando con tratamientos muy severos, pues era necesario tener la médula limpia para la transfusión, pero el día que iba a ser intervenida, una varicela lo impidió. Mi hija supo entonces que pronto moriría. En septiembre estuvo cantando, bailando, disfrutando los últimos momentos de su vida y planeando su funeral.

«Tras una de sus crisis, dijo haber ido al Cielo, haber visto a Cristo y a muchos ángeles, y aseguró que a su regreso del Cielo me había visto a mí rezando un Rosario tras la puerta del cuarto, lo cual era cierto: ahí había estado yo rezando el Rosario».

En el último día de vida de Sarahí, el médico, a través del cristal de la sala, le preguntó cómo se sentía, y ella pudo aún levantar el pulgar para decirle que bien; el doctor inmediatamente se giró, pues se le salieron las lágrimas al ver su estado, y se marchó.

Por su parte, su papá da gracias a Dios por haberle permitido encaminarla hacia Él: «Yo se la entregué al Señor; canté dos alabanzas y dije a Sarahí: ‘Hija, ya estoy preparado, y creo que tú también; vete y no te detengas, adelante’. A Sarahí se le salió una lágrima, y nos dejó para ir al encuentro de Dios».

Se puede leer la nota completa en:

https://desdelafe.mx/noticias/historias-de-fe/sarahi-la-nina-con-cancer-que-logro-la-conversion-de-enfermos-y-doctores/?utm_source=observador

Publicado en la edición impresa de El Observador del 25 de agosto de 2019 No.1259