La dictadura de lo «políticamente correcto», que hoy domina en el mundo entero, impone, como denuncia el crítico de arte Hilton Kramer, que se denigre «a Colón como a un maníaco eurocéntrico y genocida que, además de diezmar a los pueblos nativos de las Américas, fue también el causante de la destrucción de su ecología y trajo a esta parte del mundo el más atroz de los sistemas económicos, a saber, el capitalismo».

Si bien no se puede negar la arrogancia y la brutalidad de buen número de los europeos llegados a América, hablar de «genocidio» es totalmente desproporcionado si se toma en cuenta lo acontecido en la América hispana; no así lo que pasó en la América británica, donde sí prevalecía la idea de que el único indio bueno era el indio muerto.

Hoy se quiere hacer creer que en la América precolombina todo era armonía con la naturaleza, y un ejemplo de pureza e inocencia humana. La verdad es otra: que en individuos y pueblos nativos había tanto pecado como en el Viejo Continente, aunque con otras manifestaciones, algunas muy particulares, como son el canibalismo, los sacrificios humanos, la adoración a los dioses-demonios o las sangrientas guerras floridas. Ni siquiera la naturaleza estaba siempre a salvo, como ocurrió en Teotihuacan, pues las explicaciones actuales sugieren que no cayó en realidad por sequías o invasiones, sino a causa de conflictos internos por el control de los recursos naturales.

La América precolombina incorrupta es históricamente falsa; y la afirmación de que la llegada de los europeos sólo le trajo males, también es mentira. Para el cristiano al menos una cosa debe ser reconocida sobre Cristóbal Colón y su hazaña, ésa misma que señaló Paul Claudel con estas palabras:

«Él fue quien reunió la Tierra católica y de ella hizo un solo globo bajo la Cruz».

San Juan Pablo II, en un discurso del 14 de mayo de 1992,señaló: «Como sucesor de Pedro, deseo proclamar hoy, delante de ustedes, que la historia está dirigida por Dios. Por ello, los diversos eventos pueden convertirse en oportunidades salvíficas…

«Ante los nuevos horizontes que se abrieron el 12 de octubre de 1492, la Iglesia, fiel al mandato recibido de su divino Fundador (cfr. Mt 28, 19), sintió el deber perentorio de… predicar el mensaje evangélico a sus moradores. Esto, lejos de ser una opción aventurada o un cálculo de conveniencia, fue la razón del comienzo y desarrollo de la Evangelización del Nuevo Mundo.

«Ciertamente, en esa Evangelización, como en toda obra humana, hubo aciertos y desatinos, luces y sombras, pero más luces que sombras a juzgar por los frutos que encontramos allí después de quinientos años: una Iglesia viva y dinámica que representa hoy una porción relevante de la Iglesia universal.

«Lo que celebramos… es precisamente el nacimiento de esta espléndida realidad: la llegada de la fe a través de la proclamación y difusión del Mensaje evangélico en el Continente.

«Y lo celebramos «en el sentido más profundo y teológico del término: como se celebra a Jesucristo, el primero y más grande Evangelizador, ya que Él mismo es el ‘Evangelio de Dios’».

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: CÓMO FUE EL PRIMER DÍA DE AMÉRICA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 13 de octubre de 2019 No.1266