Por Miguel Aranguren

Administrar libremente nuestro talento en busca de un legítimo beneficio crematístico, invirtiendo tiempo, trabajo, capital, riesgo y habilidad es un derecho dado a la suspicacia, al juicio a la ligera, a la especulación facilona acerca de la licitud que implica conseguir dinero para reinvertirlo en el mismo u otros negocios y así, poco a poco, lograr una fortuna.

Juzgar al rico desde nuestra imposibilidad de conseguir parecidas ganancias, desde la incapacidad o la falta de valor para asumir similares retos, desde la ausencia de ideas y de caudales para una buena inversión… se me antoja demasiado fácil. Por eso, ante la falta de cualidades personales es habitual cargar la balanza contra aquel al que le van bien las cosas, sobre todo cuando detrás de nuestras sentencias sumarísimas se esconde cierta dosis de amargura, envidia y frustración.

Salvo el rentista, que suele holgazanear gracias al esfuerzo que hicieron sus mayores, el rico es digno de admiración, siempre y cuando no haya logrado su patrimonio con actividades ilícitas o inmorales.

De hecho, la rectitud es el punto de partida del buen rico, pues sus proyectos le permitirán llenar su contabilidad de acciones buenas, en beneficio de sus socios, de sus empleados y de la sociedad. Pero, claro, esa rectitud no garantiza que el rico se vea libre de riesgos. De hecho, los cristianos habituados al dinero (que en esta sociedad posmoderna, en la que quien más quien menos tiene la nevera llena, son muchos) deberían estar alerta ante los problemas que acarrean las riquezas. Ser rico, un buen rico, un rico coherente con su misión es muy difícil, una heroicidad, a pesar de que las apariencias digan todo lo contrario.

«El dinero no trae la felicidad, pero cuando se va, se la lleva», canta el refranero. Esta obsesión por coleccionar billetes nos ha acostumbrado a creer que el fin del ser humano no es otro sino acumularlos. Y cuantos más, mejor, porque junto al papel moneda presuponemos la apariencia, el poder, la vanidad, el cumplimiento de todos los deseos… el triunfo en una sola palabra. Al rico se le juzga tanto como se le envidia, y a su sombra se cobijan aquellos que desean presumir de cercanía o amistad con el rey Midas. Y si tal rey apareja un avión privado, barco de recreo, una colección de extensísimas haciendas, viajes, fiestas y comidas en los mejores restaurantes del mundo, así como cercanía a las autoridades y un comodín para acceder a los personajes que en cada lugar se ponen de moda, el juicio y la envidia se disimulan detrás de una lluvia de loas hacia quien nos brinda la seguridad de poder nadar por las mejores aguas.

Tuve el honor de formar parte del grupo de amigos de una de las personas más ricas y poderosas de España a la que, además, se le conocía por el compromiso con el que vivía su fe. Aquella luminosa coherencia hizo de él un personaje irrepetible: la elegancia con la que vestía su magnífico porte, la componía en un armario con tres trajes y otros tres o cuatro pares de zapatos, a los que sabía sacar muchos años de provecho.

Y aunque por la seguridad a la que le obligaba el cargo debía desplazarse en un automóvil blindado, usaba un modelo digno pero nada ostentoso que, por si fuera poco, era propiedad de la empresa de la que hacía cabeza, como cada una de las herramientas que utilizaba en el desempeño de sus funciones. Si almorzaba en un restaurante de categoría, pedía viandas sencillas, las mismas que le servían en sus oficinas mientras sus invitados degustaban un menú más generoso, salvo que cupiera la posibilidad de que aquel gesto fuera notorio. Entonces, con naturalidad, se adaptaba a lo que tomaban los demás.

Con el dinero de su bolsillo colaboraba en las más diversas actividades de caridad, con la libertad de quien sabe esconder su identidad. Aprovechando aquel anonimato que le permitía conocer in situ las instituciones y a las personas a las que ayudaba, tomó el pulso al día a día de los más necesitados, pues nada le parecía tan peligroso como acomodarse en la burbuja de quien todo lo tiene, de quien todo lo puede. A fin de cuentas, era consciente de la brevedad de la vida, de que a la muerte llegamos todos -ricos y pobres- en la misma desnudez con la que dimos nuestra primera boqueada de aire. Después de conocerle, comprendí que lo meritorio no es ser rico. Lo meritorio es serlo con el señorío de la virtud.

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Publicado en la edición impresa de El Observador del 6 de octubre de 2019 No.1264