Por Tomás de Híjar Ornelas

…para que el amor gane al odio, la justicia reine sobre la injusticia, y la fe triunfe sobre el miedo. Bruce Lustig

Compongo esta columna el día en el que se cumplen 198 años de la independencia de nuestro país, fecha que entre nosotros nadie toma en cuenta, aunque sea la que jurídicamente separó de la soberanía española lo que hoy tiene el nombre oficial de Estados Unidos Mexicanos.

El 28 de septiembre de 1821, un día después del arribo a la ciudad de México, bajo la divisa Religión, Independencia y Unión, del Ejército Trigarante, en el Palacio Nacional se firmó el acta que desvinculó esta soberanía de la que hasta entonces le sostuvo en otro orden legal.

Y le pongo por título uno de los veinte «vivas» que usó Andrés Manuel López Obrador, que junto con el «abrazo cruzado» con el que se despidió del acto muchos han interpretado como un gesto dirigido a quienes militan en las logias masónicas, muchos de ellos políticos y gentes del gobierno.

Esto serán conjeturas mientras el Presidente no lo afirme o desdiga, lo que sí es un dato duro es que la participación de la masonería en la historia de México se tejió a la par de un anticatolicismo tan enconado como para provocar una fractura cultural que seguimos arrastrando y no sé cuánto tiempo más, pues a él debemos toda suerte de hundimientos, rezagos y postraciones a los tres postulados del Plan de Iguala.

Aludo a esto porque estamos en la antevíspera del bicentenario de la Independencia de México, que hace un siglo usó el gobierno de Álvaro Obregón como argumento para acuñar una pieza metálica en oro que hasta la fecha sigue siendo el patrón monetario más estimable por acá, el centenario, que lleva en una de sus caras una representación de la victoria alada que corona la Columna de la Independencia en el Paseo de la Reforma, monumento funerario a los próceres de la Independencia distintos a los de Agustín de Iturbide, colocados en la capilla de San Felipe de Jesús de la Catedral Metropolitana.

Que sus restos, al igual que los de Hernán Cortés y los de Porfirio Díaz sigan excluidos del panteón patrio es más que un desaguisado ideológico, es un reto que podremos alguna vez superar, siempre y cuando, con transparencia, nos propongamos metas en común desde lo que nos une, no de lo que nos divide.

Usé de epígrafe, por otro lado, lo apenas dicho por un rabino de Washington que forma parte de otra fraternidad universal no masónica, la del Comité que apenas este 23 de septiembre del 2019 presentó en Nueva York un proyecto que aspira a convalidar el gesto intercambiado en Egipto, el pasado mes de febrero, por el Papa Francisco y el Gran Imán sunita de Al-Azhar, Ahmed el-Tayeb, al tiempo de firmar el documento sobre la hermandad humana por la paz mundial y la convivencia común, un abrazo y un beso.

Se trata de una estructura arquitectónica que incluye una iglesia, una mezquita y una sinagoga, en homenaje al padre común en la fe de los judíos, cristianos y musulmanes, el patriarca Abraham, y por eso se le ha bautizado como la ‘Abrahamic Family House’.

Diseñada por Sir David Adjaye para profundizar las relaciones interreligiosas, y alimentar los valores de la coexistencia pacífica entre los pueblos monoteístas, podría construirse en Abu Dabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, donde el 10 por ciento de sus nueve millones y medio de habitantes son cristianos.

Si tal obra se hace, estaremos ante una evidencia absoluta, sin huellas ambiguas o críptica, de fraternidad universal, que tanto nos falta a los mexicanos.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 6 de octubre de 2019 No.1264