Por Jaime Septién

Juan Pablo II inauguró la tendencia a marcar el rumbo de la Iglesia católica el día de su elección, al asomarse al balcón de la Basílica de San Pedro aquel 16 de octubre de 1978.  Sus palabras quedaron en el corazón de la cristiandad: “…Y así me presento a todos ustedes, para confesar nuestra fe común, nuestra esperanza y nuestra confianza en la Madre de Cristo y de la Iglesia; y también para comenzar de nuevo el camino de la historia y de la Iglesia, con la ayuda de Dios y con la ayuda de los hombres”.

En esa brevísima presentación –apenas un par de minutos que hacían caer los protocolos de la Iglesia y mostraban a un Papa cercano (había dicho que siendo polaco su italiano no era del todo bueno: “Si me equivoco, dijo, me corrigen” y ya está)—estaba envuelto su largo viaje guiando la barca de Pedro por las aguas revueltas del último tercio del Siglo XX.

Ahí estaba el no tengan miedo de abrir las puertas a Cristo; ahí estaba su profunda apertura al corazón de María, su convicción de que las fuerzas del mal no prevalecerán sobre la Iglesia, y su amor por el hombre concreto, lo mismo el que vive en la Papúa que el que sobrevive en Ciudad Nezahualcóyotl.  ¡Qué bien nos haría recuperar ahora aquel pequeño discurso!  Y dejar de hablar de cismas, grupos de presión y tonterías inútiles.  Ésta es la fe de la Iglesia…

Publicado en la edición impresa de El Observador del 20 de octubre de 2019 No.1267