A finales del siglo XIX, el escritor Léon Bloy se propuso arrancar a Colón del silencio y de la ingratitud de su tiempo escribiendo el libro El Revelador del Globo: Cristóbal Colón y su beatificación futura.

Bloy ofreció una mirada sobre la personalidad del almirante Colón, no buscando presentarlo como el marinero que descubrió América sino como «servidor extraordinario de Dios». Igualmente el escritor señaló que fracasó la causa para llevarlo a los altares sobre todo por culpa de la Francia laicista. Pero el hecho es que aquella iniciativa quedaría en la cláusula del testamento del Papa Pío IX, y que el conde de Ro­selly fue efectivamente el postulador de la causa de canonización.

Don Cristóbal fue víctima de la injusticia humana, incluso por parte del rey Fernando, que acabó destituyéndolo como virrey a causa de conspiraciones con múltiples acusaciones de mala administración contra el Almirante, emitidas por los que viajaron con él en sus posteriores viajes creyendo que el «paraíso» de que él hablaba les llenaría las manos de oro, pero encontrando que no era así y que además el primer virrey de las Indias refrenaba sus rapiñas y desmanes.

Hoy resultaría difícil afirmar la santidad de Cristóbal Colón, pero por cosas como ésta: tiempo después de que murió su esposa, con la que tuvo a su hijo Diego, conoció a una mujer soltera con la que procreó a su hijo Hernando y con la que, en lugar de casarse, mantuvo una relación de concubinato por el resto de su vida. En cambio, hay otras cosas de que se acusa a Colón de forma infundada, como por ejemplo de que fue el primer esclavizador de los indígenas.

«Están culpando a Colón por cosas que no hizo. Los que las hicieron fue la gente que vino después de él, los colonizadores. Creo que ha sido terriblemente calumniado», afirma Carol Delaney, antropóloga y profesora de la Universidad de Stanford.

En los escritos de don Cristóbal y de quienes lo conocieron se advierte que él más bien estaba «muy del lado de los indígenas», indica Delaney.

Así, se lee que desde su primer viaje ordenó a sus hombres que no abusaran de ellos sino que procuraran «mucha amistad», pues era el mejor modo de que los nativos se convirtieran «a nuestra santa fe». Como virrey incluso llegó a colgar a quienes cometieron crímenes contra los indígenas.

Al final de su segundo viaje, aunque algunos nativos fueron con él a España, no lo hicieron como esclavos sino como viajeros voluntarios. En otro momento, cuando Colón aún era gobernador de las Indias Occidentales, sí fueron llevados como esclavos a Europa algunos americanos para trabajos forzados, pero Delaney explica que esto lo hicieron quienes reemplazaron a Colón en su ausencia.

No puede negarse que, a pesar de sus pecados, don Cristóbal era un firme creyente en Dios y que muchas de sus decisiones y su forma de ver las cosas partían de su fe en la Divina Providencia. Por eso no hizo sino alabar al Señor cuando, desde la «Santa María», vio por primera vez tierra americana. Y cuando tomó posesión de aquellos territorios, los reclamó no en primera instancia para los Reyes Católicos sino para Dios. Su hijo Hernando explica en su libro Historia del Almirante que la primera isla «la llamó San Salvador, para gloria de Dios que se la había manifestado y lo había salvado de muchos peligros; a la segunda, por la devoción que tenía la concepción de la Virgen, y porque su favor es el principal que tienen los cristianos, la llamó Santa María de la Concepción»; sólo hasta la tercera, cuarta y quinta islas les dio nombres relacionados con la monarquía española.

Pero, en los siguientes siglos y hasta la fecha, tanto el laicismo como el protestantismo, y luego también el marxismo, seguirían trabajando hasta imponer una corriente que sólo viera en el descubrimiento de América una «invasión», una «explotación económica» e incluso un supuesto «genocidio». Y tal éxito lograron que en 1992, durante el Desfile de las Rosas, el vicealcalde de Pasadena, California, dijo que Colón era «símbolo de avaricia, esclavitud, violación y genocidio»; que Génova y España, en lugar de sentir orgullo por don Cristóbal, sientieran vergüenza; que en multitud de ciudades por América y Europa las viejas estatuas de Colón debieran taparse, moverse o destruirse, y luego la izquierda propagó que el también llamado «encuentro de dos mundos» es la fiesta de la burguesía celebrando la llegada del capitalismo a América.

Qué distinto es el pensamiento de san Juan Pablo II, que sabe ver lo más relevante de este asunto: «Las naves de España, guiadas por Colón, llevaron a esas tierras fecundas la semilla del Evangelio».

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: CÓMO FUE EL PRIMER DÍA DE AMÉRICA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 13 de octubre de 2019 No.1266