Casi siempre nos olvidamos del día siguiente en que sucedió un acontecimiento histórico. Pienso en términos muy prácticos: ¿cómo asimilaron los indígenas de la isla de Guanahani el sábado 13 de octubre de 1492 las figuras pálidas y barbadas que navegaban en las carabelas? La manera en que Colón lo contó en sus diarios la conocemos. ¿Pero ellos, nuestros ancestros americanos?

Ese sábado 13 comenzó el Evangelio a trabajar con delicadeza. No en los rudos marineros, no en los desnudos indígenas, sino en la conformación de un continente cristiano. Apenas 39 años más tarde, la misma Virgen, en su advocación de Guadalupe, lo confirmaría. Entonces –con toda la miseria y grandeza del ser humano—la semilla quedaba sembrada. En grandes extensiones de América y El Caribe germinaría en los corazones de los naturales y en la conversión de los conquistadores. No de todos ni con todos. Pero iría creciendo hasta convertirse en «el continente de la esperanza».

Ese fruto sobrenatural ha declinado, dando paso al peor de los consejeros del cristianismo: la indiferencia. La gesta de Colón y la apertura de los naturales (ejemplificada por san Juan Diego) nos aparecen como petrificadas. Solo vemos el 12 de octubre, la rapiña, el oro y la venganza. La esencia está en el sábado 13. Volver a fijar los ojos en él es redescubrir el rostro de América: el sonido del Evangelio liberador que Francisco quiere gritar en la Amazonía: ¡escuchémoslo; puede ser la última llamada!

TEMA DE LA SEMANA: CÓMO FUE EL PRIMER DÍA DE AMÉRICA

Publicado en la edición impresa de El Observador del 13 de octubre de 2019 No.1266