Por P. Fernando Pascual

Tener la razón permite hablar con seguridad. Deja espacio a diferentes maneras de ofrecer el propio conocimiento a otros. Impulsa a corregir errores ajenos.

Si sé que este boleto tiene fecha de mañana, buscaré convencer a ese familiar que piensa que la salida es hasta dentro de tres días.

Si conozco cuál sea la ruta más rápida para un lugar, lo haré saber a quien tiene el volante entre sus manos y desea no llegar tarde a una cita.

Ocurre, en ocasiones, que uno cree tener la verdad y está equivocado, pero se comporta con tanta seguridad que convence a otros, y así provoca daños más o menos relevantes.

Nos fijamos en los casos en los que uno tiene razón y posee la verdad (o está al menos más cerca de la misma que sus interlocutores). ¿Cómo ofrecerla a otros?

Existen muchas maneras. Hay quien es impositivo, firme. Su convicción de tener la verdad le lleva a excluir réplicas, incluso a rechazar a los que tengan otros pareceres.

Otros, y esperamos que sean muchos, saben ofrecer las verdades con cariño. Su certeza interior está acompañada por un sano respeto a los interlocutores, incluso cuando están en el error.

Aquí radica un arte que facilita las relaciones y que incluso hace más llevadera la corrección a quienes viven en el error.

Porque no basta con estar en lo cierto para que uno ayude a otros con un consejo y una palabra oportuna. Se necesita tacto, empatía, y un modo adecuado de destruir engaños y de acercar a los otros a la verdad.

En un mundo tan lleno de opiniones y de ideas contrapuestas, produce paz encontrarse con corazones serenos que saben ofrecer sus ideas con cariño.

Es algo que todos podemos lograr, con pequeños pasos, con una sana atención a las reacciones del otro, y con ese deseo tan hermoso de compartir algo bueno, la verdad, con quien tanto la necesita para sí mismo y para otros.