Por José Francisco González González, obispo de Campeche

Ya casi estamos terminando el Año Litúrgico.  Y el Evangelio que la liturgia nos propone es el de Lucas 20, 27-38. Todo comienza con el encuentro entre Jesús y los saduceos, un grupo judío bien identificado. El tema: La muerte, y si hay vida después de la vida.

La muerte es una separación de los dos elementos conformantes del hombre: alma y cuerpo. El cuerpo es corruptible, se descompone, se degrada. En cambio, el alma es incorruptible, inmortal, exenta de todo sufrimiento terrenal.  Morir siempre es un misterio de sombras, de ruptura, “una aventura” radical, la más radical de todas. Aunque enfrentar la muerte poniendo toda nuestra confianza en Dios es caminar hacia el encuentro de ella teniendo la humilde esperanza de abrir los ojos a una luz (resurrección), que no se apagará nunca jamás.

ANHELO DE VIDA

Miguel de Unamuno no se conformaba con la muerte. Y en su reflexión asentía su anhelo de resurrección: “No quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí”.

Los saduceos niegan la resurrección, y para ridiculizar a quiénes sí creen, narran la situación de una mujer casada con siete hermanos, sin tener con ninguno de ellos descendencia. Así lo mandaba la llamada Ley del Levirato.

La respuesta de Jesús corrige la mentalidad de los fariseos, quienes sí la aceptaban, acerca de la modalidad de la resurrección, y, al mismo tiempo, afirma decididamente la realidad de la resurrección, contra los saduceos quienes la negaban, por la potencia de Dios. Ya desde el libro del Éxodo 3,6, Dios se había manifestado como el Dios de los Padres, el Dios de los Vivos.

A la pregunta que formulan los saduceos, Jesús responde. Lo hace a la manera común del pueblo de Israel. Él cita al “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”; es decir, a los patriarcas, quienes no subyacen en el reino de los muertos, sino que están vivo. Porque Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.  Al hablar así, se deduce que ellos están vivos ante Dios.

SERÁN COMO ÁNGELES

Respecto al planteamiento de los saduceos, Jesús, con su respuesta les cambia la perspectiva. En la otra vida se va a aplicar la antropología de la gratuidad y de la universalidad. La existencia será fiesta de vida perdurable y compartida. Varón y mujer serán libres y plenamente iguales, en transparencia comunicativa. De allí la expresión bíblica: “Serán como ángeles”.

La muerte es equiparada, con frecuencia, al sueño, porque morir es como dormir sin despertar. Por eso, el Salmo 16 nos invita a proclamar: “Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro”. Después del sueño de la muerte, lo que queremos encontrar es a Dios y su presencia soberana. Ver a Dios es la máxima de las felicidades. Aquí en la tierra no se puede ver en su totalidad, por eso es necesaria la amargura de la muerte, para tener la dulzura de la visión beatífica.

Finalmente, cabe señalar que la fe en la resurrección no es compatible con la difundida idea de la reencarnación.