Por Felipe Monroy

Para comprender la Cuarta Transformación del presidente López Obrador hay que entender sus miedos y esperanzas. Su esperanza principal, más que cambiar las instituciones, es modificar radicalmente la relación de los mexicanos con ellas, recobrar en el tejido social las históricas figuras religiosas y morales del bien y la bondad, lo correcto y el castigo, así como del resto de valores y principios tradicionales que las familias forjan entre sus miembros; recuperar esa riqueza y trasladarla a la vida pública e institucional. Sus miedos, básicamente se resumen a que algo o alguien se oponga a ello.

En realidad, ya no sorprende que el presidente de la República utilice figuras retóricas y discursivas a modo de predicación cristiana en alocuciones públicas durante sus giras o conferencias. Como ningún otro mandatario desde la Guerra de Reforma, los discursos de López Obrador sugieren que su directriz moral en la silla presidencial proviene de un somero conocimiento bíblico, particularmente del mensaje cristiano a favor de los pobres, los humildes y los justos.

En esta ruta pararreligiosa se encuentran igualmente la promoción de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes que la protección de la estampa de la Virgen de Guadalupe en su cartera; la apelación a las madres para reprender a los hijos descarriados y la libre interpretación de los discursos del papa Francisco; la comparación de su proyecto político a la doctrina cristiana o la indistinción del amor al prójimo con la justicia social. En concreto, el servicio de la presidencia lopezobradorista tendría como destino último -al menos desde esta perspectiva-, la consagración de la tradición y los mandamientos cristianos en la vida pública del país.

Dejemos de lado si esta última idea nos gusta o nos causa escalofríos. Lo importante es comprender, en medio de todas estas parábolas, qué significa hoy la presidencia de la República y el gobierno federal para los ciudadanos, cómo evaluamos sus hitos en el relato de la Cuarta Transformación, quiénes se identifican como obreros de esa viña y quiénes son señalados como la cizaña. Y ya en esa confusión: ¿Bajo qué parámetros habremos de evaluar la eficiencia del servicio público en la 4T? Porque si nos encontramos ante la virtud y la espiritualidad trascendente, el triunfo final ya es de ellos; esa es una convicción tan absoluta -y riesgosa- que incluso si el total de los apóstoles cayera, la roca permanecería firme.

Sin embargo, bien dice el refrán: torres más altas han caído. Y no es un deseo sino un hecho indefectible porque estamos hablando de instituciones terrenales. Nikos Kazantzakis escribió: “La belleza es despiadada. No la miras tú, te mira ella y no perdona”. Este es el riesgo que quizá aún no ha visto López Obrador desde su misión evangelizadora en las periferias del pueblo bueno; la espiritualidad cristiana no es un recubrimiento que se puede colocar sobre funcionarios o instituciones; por el contrario, allí donde fue sembrada crece siempre de un modo insospechado y nos devuelve la mirada, inquisitiva, indomable, pesada y afilada, como una desafiante roca.

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