Por Miguel Aranguren

Acudir a un gimnasio se ha convertido en rutina para cientos de miles de españoles. No importa la edad: a partir de los dieciocho suena el pistoletazo de salida en el afán de cuidar el cuerpo.

Por eso en los locales municipales es difícil encontrar una máquina libre en la que ejercitar los músculos de los brazos, el torso, el abdomen, la cintura, los glúteos y la parte superior e inferior de las piernas; por eso en los locales privados se ofertan todo tipo de abonos, carnés de socio, promociones y demás elementos publicitarios para que sus aparatos no se detengan las veinticuatro horas, porque hay gimnasios que no cierran sus puertas, en los que los ejercicios se encadenan sin final, espacios en los que no se pone el sol.

Hablando del sol, éste no se ha quitado el pijama cuando a los escaparates de estos comercios del bienestar -que suelen lucir espléndidas cristaleras- se asoman en ordenada línea estudiantes, empleados, ejecutivos, parados y jubilados, cada cual ataviado con pegadas vestimentas deportivas, cada quien subido en una maquina de musculación, como si fuesen género en venta. Unos corren entretenidos con la pantalla de sus teléfonos móviles, otros se bastan con la música o el programa de radio que siguen a través de unos auriculares, los más se conforman con el espectáculo del amanecer, como si con cada zancada sobre la cinta móvil hicieran avanzar el primer atasco de la mañana o soltaran los engranajes de la urbe.

Para mi asombro, muchos de los que calientan el asiento de la bicicleta estática, de los que sudan los manillares de los bancos, de los que aprietan el posapié del remo, de los que tensan y destensan los muelles de una multiestación, de los que tiran de las pesas y balancines, de los que sacuden los mandos de una elíptica… tienen reservado otro momento de la jornada para echar a correr. No importa la hora elegida: calles, avenidas, bulevares, plazas y parques son una interminable pista por la que avanzan los corredores aficionados con el ansia de quien se siente perseguido por su sombra o de quien a punto está de perder el último autobús. Es una tenaz lucha del individuo contra sí mismo, contra los límites que le impone su anatomía, contra las adversidades de nuestro tiempo, en el que deberíamos vivir sin humos y, maldita sea, respiramos paladas de contaminación; en el que deberíamos comer productos servidos directamente del campo o de la mar y, qué desgracia, nos alimentamos de las grandes explotaciones.

Muchos de estos gimnastas anónimos se acogen a un credo neopagano: la fe en el bienestar físico colma todas sus expectativas. Dictaminan sus pecados (¿quién es capaz de obviar la sempiterna lucha entre el bien y el mal) por el kilo de más, la fibra que no se consigue trocar en acero, las carnes flácidas, la piel arrugada… huellas del paso del tiempo. Jadean, acalorados, los dispositivos electrónicos alerta para medir las pulsaciones del corazón, las inspiraciones y las expiraciones, el número de pasos y la extensión de la zancada. Lunes, ejercicios aeróbicos. Martes, ejercicios de elasticidad. Miércoles, piscina. Jueves, ejercicios de fuerza y resistencia. Viernes, halterofilia. Sábado, yoga. Domingo, estiramientos. Y correr, siempre correr.

La soledad es la clave de este estilo de vida en el que el yo lo copa todo: mi salud, mi deporte, mis correctas funciones corporales. Ser capaz de concluir un maratón, un triatlón, un ironman… beneficia a la autoestima, pero es una lástima que en esta visión del ser humano no quepan los lirios del campo ni las aves del cielo, a los que Dios viste y alimenta. Es posible que ante ellos Jesús adaptara sus palabras: «No os inquietéis diciendo: ‘¿Cómo podremos garantizar el atlético aspecto de nuestro cuerpo?’, porque solo los paganos se afanan por esas cosas. El Padre que está en el Cielo sabe bien lo que necesitáis: Buscad el deporte compartido, dejar de miraros al espejo, salir al encuentro del otro, y todo lo demás, incluso la salud, se os dará por añadidura. No os obsesionéis con superar vuestras marcas y disfrutad del día a día».

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Publicado en la edición impresa de El Observador del 3 de noviembre de 2019 No.1269