Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Quienes han asistido a Misa los domingos han podido escuchar, en el evangelio de san Lucas, una serie de instrucciones de Jesús a sus discípulos sobre la oración.

Ellos mismos se lo pidieron a Jesús: «Señor, enséñanos a orar». Antes le habían suplicado les aumentara la fe. Y Jesús les enseñó su propia oración: el Padrenuestro. El pueblo de Israel era un pueblo que sabía orar.

Oración de alabanza.

En Israel sobresale la oración de alabanza: «Dichoso el pueblo que sabe alabarte», decía, porque Dios es maravilloso en sus obras. Esta era la oración privilegiada de Jesús, que acompañaba siempre con la acción de gracias. Aconsejaba también otras formas de acercarse a Dios con la oración de petición, de intercesión y de perdón. Jesús fundó su escuela de oración.

Oración de acción de gracias.

Jesús enseñó a sus discípulos a ser agradecidos con Dios cuando alabó al leproso que regresó a agradecerle su curación. No le agradan los malagradecidos.

Oración de petición.

Alabó también a la viuda pobre que clamaba al juez impío para que le hiciera justicia, hasta que la escuchó. Recomendó a sus discípulos «orar sin desfallecer», porque Dios oye al pobre e indefenso.

Oración de intercesión.

La liturgia nos presentó la figura de Moisés con las manos levantadas al cielo, intercediendo ante Dios por su pueblo pecador. Los santos interceden por nosotros, nosotros por nuestros difuntos. Ese «ruega por nosotros», mil veces repetido en las letanías, llega a los oídos de Dios cuando lo pronunciamos con las manos limpias y con fe en el corazón.

Oración penitencial.

Jesús absolvió al publicano (funcionario público), porque arrodillado, cabizbajo y golpeándose el pecho, se reconoció pecador, sin excusas infantiles, ni mentiras piadosas o el autoengaño complaciente.

Hay dos formas de oración que le repugnan a Dios: la oración interesada y la presumida. La interesada es la del comerciante: «Te doy para que mes des». Dios es Padre, no mercader. Él sabe lo que necesitamos y lo que nos conviene «antes que se lo pidamos». En este caso, debemos pedir a Dios que nos dé su Espíritu Santo para que ensanche nuestro corazón y quepa en él el corazón de Dios. Que se haga su voluntad, no la nuestra, como Jesús oró en Getsemaní. El otro tipo de oración desechable es la del fariseo presumido, que, aunque era un fiel cumplidor de la ley, todo lo hacía por vanagloria, para apantallar. Ese no merece esperar nada más.

Cuando el cristiano ora, ora como Jesús. Busca ensanchar su corazón y ponerlo al nivel del corazón de Dios, para que podamos decir «hágase tu voluntad». Esto es obra del Espíritu Santo en nosotros, los hijos de Dios. Él nos reintegra en el querer de Dios Padre, que sabe dar cosas buenas a sus hijos, a su familia. La oración del cristiano siempre es familiar y comunitaria. Nadie ora solo, ni excluye a nadie, ni busca el mal a otros. Orar es siempre buscar el bien de los demás. La oración del cristiano tiene una dimensión «prospectiva»: social, económica y política. No es perder el tiempo sino construir el futuro. San Justino respondía a los que acusaban a los cristianos de «ateos» porque no adoraban el César: «Se nos llama ateos; ciertamente reconocemos que somos ateos para éstos porque ellos se dicen dioses a sí mismos» (Apol., IV).

El que no ora al verdadero Dios, termina ocupando su lugar, creyéndose dios. Se juzga y se absuelve a sí mismo. Es un grave peligro social. La salvación y el bienestar de un pueblo radican en su oración.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 3 de noviembre de 2019 No.1269