Por Mariode Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Un domingo pasado leímos, en el libro de los Macabeos, el pasaje del martirio de una madre judía junto con sus siete hijos, por negarse a violar la ley de Dios. Es una escena violentísima padecida por una familia judía a causa de su fe. La fe en la resurrección sostuvo ese testimonio familiar.

Escena parecida en crueldad hemos vivido en estos días. Los detalles de la masacre de una familia en el norte de nuestro País han recorrido y permanecido en los noticieros del mundo entero. Marcará los anales de este periodo gubernamental, pero sobre todo los corazones cristianos y con rasgos de humanidad. Las oraciones de las comunidades y familias cristianas han llegado al cielo para dar consuelo, con la esperanza que tales hechos no se repitan. Para eso necesitamos ser constructores de la paz.

El haber sido cruelmente asesinadas madres de familia e hijos pequeños, aún de brazos, conmociona de manera severa los sentimientos nobles e invita a penetrar en su «significado». Toda vida es valiosa ante Dios, pero el hecho de que hayan sido mujeres, engendradoras de vida, y niños, fruto tierno de la vida naciente, nos causa especial dolor, porque aquí se juega el destino de la humanidad.

Esta verdad se fundamenta en la interconectividad de la vida con toda la creación en el designio de Dios. Todo está interconectado, nos recuerda la encíclica Laudato Si´, y lo confirma la ciencia. Dice el Papa Francisco: «En la Biblia, el Dios que libera y salva es el mismo que creó el universo, y esos dos modos divinos de actuar están íntima e inseparablemente conectados» (73). Un asesinato de mujeres madres y fuentes de vida y unas vidas que apenas brotan, equivale a declararle la guerra a la humanidad.

«Un pueblo que mata a sus infantes es un pueblo sin futuro», dijo san Juan Pablo II; y la Madre Teresa de Calcuta proclamó delante de todo el mundo cuando recibió el premio Nobel de la Paz, que el asesinar a un inocente en el seno materno es «declararle la guerra a la humanidad». Si no es usted alérgico al Papa o a una santa, óigala, por favor:

«El más grande destructor de la paz, hoy en día, es el crimen cometido contra un inocente en el seno materno. Si una madre puede llegar a matar a su propio hijo, en sus mismas entrañas, ¿qué es lo que puede impedirnos, a usted y a mí, el contramatarnos unos a otros?».

Ignoro si es usted creyente o agnóstico, si tiene intereses creados o proyectos de futuro dentro de la política; o si pertenece a tal o cual grupo ideológico o mitológico, pero creo que todos los medianamente pensantes pertenecemos a la especie, raza, estirpe, o como quiera, humana. Lo invito a abrir el oído de su corazón y a ver también con su mirada interior, a la Madre Teresa yendo de noche a levantar a los moribundos agusanados en las atarjeas de Calcuta, sólo para devolverle a un ser humano la sonrisa antes de morir. O mejor, usted en su casa, contemple su retrato de pequeño, seguramente sonriente, e imagine una sonrisa semejante en el que está en el seno materno, que no va a poder sonreír. No, no es sentimentalismo. Es el rostro de Dios. Recuerde: sólo los humanos sonríen, porque somos imagen de Dios.

Por tanto, mientras se mate a un inocente en el seno materno, no habrá sonrisas. Tampoco habrá paz en el País. Esta es la humilde contribución de los creyentes a la paz en México.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de noviembre de 2019 No.1271