Xiskya Valladares es religiosa de Pureza de María, filóloga y periodista, doctora en Comunicación. A finales de septiembre y principios de octubre de 2019 estuvo en la República Democrática del Congo visitando las misiones de Pureza de María y aprendiendo de una cultura nueva que le dejó un sinfín de reflexiones que día a día comparte y que en un texto las resume

Por Xiskya Valladares

Las misioneras que viven ahí tendrían derecho a decirme que no tengo autoridad para escribir sobre este país. Pero este es el trabajo de una periodista: publicar lo que destaca y eso sólo se percibe con las primeras experiencias.

Aún con esto, les aseguro que es muy complicado para mí explicarles lo vivido, porque mi experiencia ha sido de binomios: pobreza/riqueza, humanidad/crueldad, acogida/frialdad, libertad/esclavitud, alegría/tristeza… En definitiva, lo que he visto ahí ha sido la vida en estado puro, y he entendido que lo que es normal para mí no tiene por qué ser normal para otros; conceptos como pobreza o comodidad no son iguales en todas partes. Y no porque sean relativos, sino porque son distintos.

¿Qué es la pobreza? ¿Qué es la acogida? ¿Qué es la vida sana? ¿Qué es vivir bien? No creo que debamos sentirnos superiores en Europa porque tengamos más avances tecnológicos o mejores infraestructuras. Y con esto no hago una apología a la pobreza. Creo que debemos hacer un esfuerzo por entender las culturas diferentes y desde ahí pensar qué podemos aportarles y qué podemos necesitar nosotros de ellos. Lo que tenemos que entender es que nos necesitamos mutuamente.

La noche anterior a salir para el Congo, una misionera veterana me dijo que yo iba a experimentar cómo mis cinco sentidos los iba a vivir distinto allá. Y así fue, lo entendí nada más pisar África y lo fui comprendiendo a lo largo de los 21 días del viaje por el Congo.

Cuando llegas ahí, lo primero que notas es que la Tierra huele diferente, la gente, la comida, los comercios, todo huele diferente. Es un olor intenso, distinto; sólo lo notas los primeros dos o tres días, luego la pituitaria se acostumbra. Huele a vida natural, a vegetación exuberante. A leña quemada y comida humeante. A polvo rojo penetrante.

Y en seguida ves mucha pobreza y, a la vez, mucha riqueza. Coloridos vehementes, hasta en el color de la piel. Te das cuenta de que tú no tienes color. Ves caras muy serias y formales al acercarte y muy alegres y sonrientes cuando entran en confianza. Ves la vida en estado puro: niños correteando por todas partes, mucho movimiento, un cierto caos en las ciudades y una calma impresionante en los poblados. Parece que, de repente, la gente se multiplicara como fotocopias. Ves atardeceres y estrellas impactantes, no hay contaminación lumínica. Y ves que muchos de tus conceptos no funcionan: ciudad, orden, tiempo, comodidad, acogida, no responden a lo que tú conocías. Entras en otra dimensión mental.

Tocas muchas manos, casi todas de gruesa piel, de hombres y mujeres muy fuertes. Tocas tu propia necesidad, no de ellos, tu necesidad: de abundancia de agua, de electricidad constante, de señal de internet, de un colchón y una cama como estás acostumbrada, de descanso. Tocas la vida en pleno apogeo, niños que salen hasta debajo de las piedras, la vida libre, la vida fresca. Tocas tu impotencia. Y también la gran riqueza humana acompañada de una enorme pobreza material. Tocas su inocencia y sus luchas, no por llegar a fin de mes, sino por llegar al fin del día.

Y finalmente, el gusto también lo vives distinto. No sólo en los nuevos sabores de la comida, sino también en el estilo de decorar, en el concepto de «atractivo» y «elegancia», en el gusto por la fiesta y la unión de la familia o el clan. La vida sabe diferente ahí, sabe a libertad, a salud física y mental. La vida ahí sabe con más frecuencia a Dios.

Y todo esto hace mucho más difícil para mí explicar mi experiencia de este viaje. Lo que vi, lo que olí, lo que oí, lo que tocaron mis manos y lo que gustó mi boca, fue todo completamente distinto. Ni mejor, ni peor. Desde que volví no he parado de contar cosas vividas ahí.

Las misioneras

En mi opinión, las misioneras son auténticas heroínas. Las misiones son el alma y el oasis de los poblados. Sin tener ninguna necesidad de irse a vivir a una cultura tan diferente a la suya, ellas dejan lo que en Europa llamamos comodidades y progreso para adaptarse a los nuevos conceptos africanos. Su cuerpo necesita adaptarse a sufrir malaria o fiebre tifoidea cada año, a una nueva alimentación, a una nueva cama y espacio de habitación. Pero es su mente la que necesita mayor adaptación; los cambios culturales son fuertes, los cambios de conceptos, como el del tiempo, son costosos. Son personas que desean compartir esa vida, que se entregan sin buscar recompensas, que tienen una inquietud motivadora por acompañar a ese pueblo y saben dejarse evangelizar por ellos. Han descubierto que el Evangelio tampoco se puede entender sólo de una manera. En los poblados las quieren, las respetan, las valoran. La gente sabe que ellas aportan luz a ese lugar.

Las misiones de Pureza de María son un oasis para los poblados donde se encuentran.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de diciembre de 2019 No.1275