Por Tomás de Híjar Ornelas

¿Cuál es el resultado de rezar sin amar a Dios y al prójimo? Que al final, más que rezar, se elogian a sí mismos (Papa Francisco)

La mujer con la que más trato tuve en la primera parte de mi vida, mi abuela materna, tenía una voz de soprano fina y sensible, pero cuando yo la conocí ya no cantaba ni en público ni en privado, como lo hizo en la lozanía de su vida, para culto y honra de Dios. Empero, algunas veces, cuando creía estar a solas, lo hacía en registros muy leves.

Uno de los aires populares que le escuché más de una vez sin que ella se diera cuenta, era el «Corrido de Felipe Ángeles», en el que se narra la tragedia de un general de carrera, de lo mejor que tuvo la Academia Militar mexicana, disuelta en los tratados de Teoloyucan, del 13 de agosto de 1914, que reemplazaron a los milicianos de carrera por bandoleros, forajidos y, a lo más, caudillos de la más variopinta estirpe.

Comentarlo, a la vuelta de cien años, abre un paréntesis, que hasta hoy sólo una pluma ha desarrollado a plenitud, Elena Garro, en una obra de teatro que lleva simplemente el nombre de esta víctima del militarismo.

Lo singular del caso es el paralelo que tienen entre sí el aludido Felipe Ángeles con Enrique Gorostieta, el general en jefe de los católicos de la resistencia activa, los cristeros, entre 1928 y 29, asesinado en la Hacienda del Valle, del municipio de Atotonilco el Alto, Jalisco, el 2 de junio de 1929, un militar de carrera que alcanzó como nunca antes nadie ni después el rango supremo en su ámbito, General de División, cuando apenas tenía 24 años de edad.

El ejemplo de dos militares de carrera y trayectoria ímproba en estos tiempos que corren nos permiten hacer un paralelo con una institución medular para la vida democrática en el país, toda vez que el Ejército, en el sentido más pleno de su institucionalidad, ha de tener como atributo básico garantizar la vida democrática de un Estado, y jamás una intervención directa en los destinos del país, toda vez que a nadie, este ente, le atribuye más cualidades, las del control de la violencia legítima o coacción legal, tanto para la salvaguarda de la soberanía como para la solidez del orden jurídico.

Es por eso que no resulta ocioso revisar de forma pausada y crítica los elementos que en México forman parte de una corporación que tiene como cabeza al titular del Poder Ejecutivo, Comandante en Jefe de las fuerzas armadas, y está, por lo tanto, a las órdenes del Poder Ejecutivo, pero que en lo operativo y práctico ha dado pie para que en ese gremio se siga manteniendo el esquema del corporativismo clientelar con el que se rehízo la milicia luego de los Tratados de Teoloyucan de 1914.

Salvando las diferencias, aplicamos lo apenas aludido a otro grupo humano que en México no tiene paralelo: el clero católico. Baste pensar que al tiempo de nacer los procesos emancipatorios de lo que hoy es México, fueron ministros sagrados los que encabezaron la insurrección y hasta les damos el título de Padres de la Patria por sus méritos obtenidos en campaña.

Todo ello es lo que ha descrito en términos duros y precisos el Mensaje del 11 de noviembre del año en curso el Nuncio Apostólico, Franco Coppola, a los obispos de México, al tiempo de la apertura de la CVIII Asamblea General de la Conferencia del Episcopado Mexicano, a los que invita a formar milicias de Cristo, no mercenarios.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 8 de diciembre de 2019 No.1274