Por Mónica Muñoz

Analicemos nuestro entorno durante un momento y pensemos: ¿cómo es que hemos llegado a tener una situación de inseguridad y violencia como la que estamos viviendo?

Seguramente todos nos hemos hecho esta pregunta, pues, infortunadamente, ya es la mayoría la que ha sufrido estragos en su patrimonio y persona debido a los robos, secuestros, cobros de cuotas y más; sin embargo, también nos hemos visto envueltos en el ambiente de malestar con que la falta de conciencia de muchas personas permea nuestros ambientes.

Por ejemplo, resulta que ya no se puede acudir a un espectáculo masivo en paz porque no falta el grupo que comience el desorden y contagie a todos de su mal comportamiento, como ocurre en los partidos de futbol, en los que se enfrentan los simpatizantes de ambos equipos y, por la inconformidad en el marcador o en alguna jugada, comienzan las discusiones y hasta los golpes, saliendo heridos de los dos lados. Hace no muchos años, las familias enteras iban a los estadios sin peligro, pero ahora no se sabe qué puede ocurrir. ¿Qué ha pasado?

No se diga para salir a la calle, tenemos que encomendarnos a todos los santos del cielo para evitar un mal encuentro, porque tal parece que tenemos que cuidarnos de todo y de todos. Y es que no solamente debemos circular con cuidado, todos los que transitamos en la calle debemos ser precavidos para no ocasionar un accidente, pero tal parece que la consigna es romper todas las reglas que se han impuesto para la buena convivencia entre los que habitamos un pueblo o ciudad.

Basta con ver a los ciclistas que se suben a las banquetas o circulan en sentido contrario, a los automovilistas que se paran sobre los pasos peatonales o las rampas para sillas de ruedas, o los motociclistas que suben los puentes vehiculares a pesar de estar prohibido, y qué decir de los peatones que se cruzan la calle por donde sea, sin usar los puentes o las cebras peatonales; en fin, que todos estamos dispuestos a quebrantar el reglamento con tal de llegar primero a donde vamos.

Y qué decir de los que compran robado, promoviendo de ese modo que los amantes de lo ajeno continúen con sus fechorías. Hace unos días me tocó ver un caso así. Una mujer joven llegó en una motoneta nueva a ofrecer mercancía a unas señoras que atendían un puesto de comida, a menor precio que el que se da en las tiendas. ¿Por qué lo vende tan barato?, fue la pregunta cuando la joven se retiró. «Es que es de lo que bajan del tren», escuché incrédula. Por supuesto, la gente que, aun sabiendo la procedencia de los objetos, los compra, se convierte en cómplice.

Y como esos, hay muchos comportamientos que podríamos pasar a la balanza y etiquetar como inmorales, pero la realidad es que a pocos les importa. Viven de una forma poco menos que salvaje, sin que ese calificativo denigre a nadie, porque el diccionario dice que es un adjetivo que se usa «para señalar a aquellos seres vivos que se caracterizan por un estilo de vida alejado de la civilización o que no han sido domesticados. El estado de salvaje o de salvajismo puede aplicarse tanto a vegetales, como a animales (incluido el ser humano)», así que no falto a la verdad cuando describo a las personas como «salvajes» cuando desconocen la más básica cortesía para tratar a los demás.

Lo que sí puedo asegurar es que esas actitudes se derivan de la falta de educación que han recibido en sus casas. No podemos culpar a nadie de la ausencia de valores morales mas que a los padres de familia que no se han esmerado en cultivar en sus hijos lo elemental para que aprendan a convivir con otras personas. Cada quien tiene sus motivos y hasta excusas para olvidar su obligación con los hijos que ha traído al mundo. Sin embargo, es necesario que quienes tienen la grave misión de educar a los niños que han engendrado recuerden que en sus manos tienen la vida de seres humanos que nacieron sin saber distinguir lo bueno de lo malo y que dependen de ellos para todo, desde comer hasta relacionarse con los demás.

Solamente recordando esto y poniendo en práctica la corrección y la formación de los pequeños, veremos que nuestro mundo cambiará verdaderamente. Mientras los padres de familia no asuman su responsabilidad de educar a sus hijos, poco podrán hacer otras instancias, ya sea educativas, sociales o políticas, para enderezar lo que está mal en nuestra nación. Así de simple.

Por eso, rescatemos nuestros valores y aprendamos a respetar las reglas. Nada de que «el que no transa no avanza», seamos conscientes de que la paz regresará cuando cambiemos de mentalidad.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 8 de diciembre de 2019 No.1274