Por Sergio Ibarra

La verdad es una conquista que perdura a lo largo de la vida. No me refiero a la investigación científica que intenta explicar el origen del universo. Me quiero referir a aquella que tiene que ver con las cuestiones de uno mismo, o la que tiene que ver con los seres queridos, o bien con la cual interactuamos con los demás en la escuela, en el trabajo y en nuestra convivencia social. La verdad con la que opinamos y enjuiciamos cada momento.

Partiendo de lo expresado por los griegos hace más de dos mil y pico de años: el hombre es un ser racional, es su distinción del resto de las especies. De tal forma que vale aclarar cómo integramos nuestras creencias y razonamientos.

Trátese de un juicio en una tertulia o de una decisión familiar o en el trabajo, uno de los factores clave del armado racional son las causas que defendemos, ya sea porque somos católicos o porque somos socialistas o capitalistas o porque le vamos a los Pumas o al América, se van convirtiendo en las causas de nuestras decisiones o de nuestros juicios. ¿Cuántas veces hemos escuchado que alguien expresa que sí cree en Dios, pero no en la Iglesia? Así nos vamos haciendo de causas que consideramos verdaderas.

Si los griegos están en lo cierto, armamos con nuestras mentes creencias racionales alrededor de lo que uno considera intrínsecamente valioso. Digamos aquello que sencillamente consideramos bueno. Como lo que nos lleva a razonar que la preparación escolar de un hijo lo llevará a tener mejores argumentos para salir adelante.

Conscientes o no, vamos construyendo nuestras verdades, o dicho coloquialmente, nuestras netas. ¿Qué es la verdad, entonces? ¿Quién tiene la razón en una discusión si en primera instancia todos estamos del lado de la verdad? Bueno, hasta la gente transa a la mera hora tienen sus razones.

El dilema es que cada verdad debiese tener un rasgo, ha de ser fiable. O sea, digna de nuestra confianza. ¿Cómo saber cuándo aquello que creemos es falso o algo que razonamos está equivocado? Es por ello por lo que bien vale la pena revisar de cuando en cuando el origen de las causas y las razones que dan lugar a nuestros pensamientos y acciones.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 8 de diciembre de 2019 No.1274