Por Miguel Aranguren

Cada vez me cuesta más centrarme. Y hasta concentrarme. Vivo disperso a causa de mil tareas, cien mil compromisos, un millón de encargos y diez millones de naderías que limitan mi capacidad de observación y asombro.

Mido las cosas con la avejentada balanza de la oportunidad y el beneficio, alejándome de eso que antes los pragmáticos llamaban perder el tiempo, herida mi antigua fascinación por el micromundo de la Naturaleza que se esconde en el pequeño jardín de mi casa, de la lección que da la estabilidad de las montañas ante la rapidez con la que pasan nuestros años, del cambio de tonalidades verdes que se atisba en los bosques entre los que discurre la carretera, cuando me dirijo a la ciudad siempre con la sensación de llegar tarde.

Soy el mister Scrooge del Cuento de Navidad, traspapelado a este nuevo año, que arranca con la agenda sembrada de reuniones, entrevistas, viajes, contratos, facturas… Y como mister Scrooge he bajado la cerviz sobre las tablas de Excel en las que llevo la contabilidad de lo que no es importante y que, desgraciado, capitaliza los momentos que debería destinar a la serenidad y la familia y, por qué no, a la oración.

Me dejo engañar por el hoy, el ahora, el de inmediato, colgándome medallas de eficacia cuyo brillo dura en la memoria menos que el de cualquiera de los vídeos de wasap que saltan de grupo en grupo con sus risas enlatadas. Así que, cuando cae la noche, me meto en la cama con el amargo sabor de quien en lo urgente no ha incluido lo fundamental.

Lo fundamental viene perfectamente explicado en una carta que ha enviado un sacerdote al grupo de amigos que, desde España, sostiene económicamente la pobre misión que su obispo le ha asignado en lo más profundo de África.

Llama la atención que para él lo fundamental no sea el dinero que necesita, con urgencia, para construir unas escuelas en las que dar cabida a más de doscientos cincuenta niños sin escolarizar.

Y detrás de las escuelas, el dispensario, los pozos, el tejado de la parroquia… Lo fundamental tampoco es el tintineo de las pequeñas donaciones con las que los cristianos de buen corazón limpiamos nuestra conciencia. Mucho menos el campanazo con el que resuenan las limosnas de varios ceros, capaces de equilibrar las cuentas de un extensísimo territorio eclesiástico en el que todo está por hacer. Las dádivas son anecdóticas para el misionero, aunque le resulten necesarias, básicas para cumplir sus obligaciones de buen samaritano, es decir, para la materialización de las bienaventuranzas que definen a Cristo y a su Iglesia. Pero «un sacerdote no viene a África a construir pozos», aclara en uno de los párrafos de la carta, «sino a predicar la palabra de Dios».

Sin evangelización, el pozo es un pozo, sin más, que más pronto que tarde se llenará de raíces y hierbajos, de barro y piedras, o que se secará. No así el Evangelio, y con él los sacramentos. En estos XXI siglos de Redención hay más de un testimonio, como el del mantenimiento de la fe católica en un Japón sin clero, en el que el bautismo pasó de generación en generación gracias a la piedad de las abuelas, que en el refugio nocturno de la choza narraban a los suyos el relato de las Escrituras, que recibieron de manera oral desde el martirio de los últimos misioneros.

¡Qué nostalgia de la Eucaristía la de aquellos cristianos atrapados en la persecución del Emperador y sus milicias! Doscientos años anhelando lo fundamental: el cuerpo y la sangre de Cristo, que sin duda recibían de modo misterioso dada su imposibilidad de comulgar.

Qué pena desmigar la vida como un pan duro y seco, en una carrera afanosa hacia la nada. Solo si buscamos lo fundamental, lo que durante unos instantes nos saca del hoy y el ahora para proyectarnos en la eternidad, lo mundano cobra sentido y ya no es un ir corriendo porque todo se puede hacer -las gestiones, los mandados, las cuentas…- desde una perspectiva opuesta a la de mister Scrooge, como la que hizo de Abel un trabajador que quemaba las primicias, lo mejor que tenía, en la hoguera del amor a Dios.

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