Por Tomás de Híjar Ornelas

“Tengo todas las características de un ser humano: carne, sangre, piel, pelo. Pero ninguna emoción clara e identificable, excepto la avaricia y la aversión”. Bret Easton Ellis

Rubén M. Campos, en su libro El Folklore Literario de México (1929), cuenta cómo, muy joven, la poeta michoacana Esther Tapia (1842 – 1897), residiendo en Guadalajara durante la desastrosa Guerra de Reforma (1857-1861),

se vengó de quienes le obligaron a participar en un sarao de simpatizantes del bando político adverso al de sus intereses, el Liberal, de modo que al tiempo de los postres, cuando le pidieron que improvisara unos versos en elogio a los caudillos del Partido Conservador, compuso un soneto del que sólo llegó hasta nosotros la última estrofa, en la que juega con el apellido de los próceres de ambas facciones: Miguel Miramón, Manuel Doblado, Leonardo Márquez, Santos Degollado, Benito Juárez y Esteban Coronado, así:

¡Que viva Miramón! ¡Muera Doblado! ¡Viva Márquez! ¡Muera Degollado! ¡Muera Juárez y muera Coronado!

Evoco este juguete literario por el título de esta columna, que aplica tal recurso al cráneo de un difunto, que acaba de rodar, y lleva como apellido materno el de su abuelo materno, otro Santos Degollado, sobrino directo del liberal juarista.

Que Marcial Maciel Degollado fue un abusador sexual vastísimo, con al menos 60 casos comprobados según las cuentas del informe que en muy pocos días dará a conocer completo el Capítulo General del Instituto de los Legionarios de Cristo, que él fundó y desfundó, lo venimos a saber a las claras por ellos mismos de forma casi paralela a la presentación de la película del brasileño Fernando Meirelles Los dos Papas y la aceptación de la renuncia del decano del Colegio Cardenalicio, Angelo Sodano.

En el filme, el actor Anthony Hopkins, haciéndose pasar por el Papa emérito Benedicto XVI, lamenta no haber sido más tajante en el caso de Maciel; con la segunda el Papa Francisco quita su último bastión de hegemonía al eclesiástico con más responsabilidades ante la Santa Sede en el pontificado de Juan Pablo II, la Secretaría de Estado, desde la cual debió saber como nadie de la añeja conducta delictiva de Maciel.

Sin anticiparnos a los acuerdos del Capítulo General apenas aludido, es deseable para los Legionarios de Cristo que transparenten lo que hasta hoy manejaron de forma turbia y ofrezcan datos a la opinión pública para que se conozca cómo se gestó y sostuvo durante tantas décadas una gigantesca red de complicidades, así hubieran sido coordinadas por un genio del mal.

A propósito de esto, quien mejor representa los intereses católicos en México, el Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, don Rogelio Cabrera, considera que este informe es «tardío y lamentable» y muestra muy poco de una «historia de silencio delictivo enorme» y «modelo nefasto de encubrimiento».

Ateniéndonos a su dicho, consideramos que en el caso Maciel de muy poco servirá ensañarse con la memoria de un muerto si de forma paralela no se hace un análisis de fondo gracias al cual se ventilen las cadenas de encubrimiento que permitieron y toleraron la comisión de tales atrocidades durante tantos años, a saber, tanto los casos acreditados de pederastia del fundador y otros Legionarios como la aplicación de un método formativo perverso que, valiéndose del secretismo, despersonalizó a centenares de adolescentes y jóvenes de todo el mundo, como si no existiera en el Evangelio la premisa de transparencia, según la cual no hay nada oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no termine por ser del dominio público (Lc. 12, 1-3).