Por Sergio Ibarra

Los sueños alimentan el espíritu y proveen de energía a todos y cada uno de los proyectos que tras de sí resguardan las más altas aspiraciones de niños, de jóvenes y de adultos en cualquiera de sus etapas, solos o acompañados; son la gran fuente que determina qué hacemos o no hacemos.

Eso de que soñar no cuesta nada, es uno de los pocos dichos que ensalsan a nuestra cultura, que esconden una contradicción: entre mas sueñes, mas esfuerzo tendrás que hacer para alcanzarlo. ¿Quién no ha tenido un sueño? No me refiero al que pueda darse durante el sueño, sino al que tiene que ver con nuestra vida.

Soñar tiene que ver con las ilusiones que, tarde o temprano, distinguen con sus hechos a unos de otros, a los que entregan el alma y el corazón de los ilusos, quienes efectivamente ponen la fuerza y el coraje que un sueño exige cuando se vuelve el rumbo o una finalidad relevante en nuestra vida.

Construir uno representa echar a andar la imaginación de que podemos lograrlo, aun cuando parezca fuera de la realidad. Una idea se madura con el tiempo. Al empezar a dedicar tiempo mental, físico y recursos, van tomando forma, le vamos poniendo palabras, emociones y espacios en un principio en nuestra mente, pero buscando soluciones a los obstáculos.

Los sueños que se cumplen forman el carácter de una persona, porque se pone de por medio la palabra, se empeña voluntad, dedicación, disciplina y el recurso mas valioso que tenemos en nuestro paso por este mundo: nuestro tiempo. Ese que no tiene repuesto, ni manera de recuperarlo. Es por ello que elegir nuestros sueños es una de las decisiones que marcan nuestra vida.

Renunciar a cualquiera, nos guste o no, representa un costo irreparable. De ahí que eso de que soñar no cuesta resulta dudoso, aunque quizás es mucho mas costoso no lanzarnos en la vida tras algún sueño.

Son bajas las probabilidades si todo lo que haya que hacer no está respaldado por la fe.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 9 de febrero de 2020 No.1283