Por Mónica Muñoz

Acudamos sin miedo al que todo lo puede, porque hay enfermedades que sólo Dios puede curar

Cada año, el mundo se sorprende con la aparición de enfermedades nuevas. No obstante, a pesar de que hay que estar alerta con las enfermedades del cuerpo, es con las del alma con las que tendremos que lidiar en los próximos años.

Es así que términos como autocontrol, habilidades sociales y empatía son utilizados en el campo empresarial para referirse a las cualidades que los líderes de las compañías deben manejar para lograr sus objetivos, pero se relacionan directamente con sus colaboradores, a quienes deben saber guiar, impulsar, corregir, motivar y mantener contentos en su ambiente laboral. Sin embargo, para lograrlo, el líder debe poseer una alta dosis de inteligencia emocional, la cual se ha estudiado desde 1920 y, a través de investigaciones de muchos estudiosos, actualmente se ha convertido en un área del conocimiento de las ciencias sociales sumamente socorrido, popularizado especialmente por el estadounidense Daniel Goleman.

Goleman menciona en sus estudios que las características de la llamada inteligencia emocional son: la capacidad de motivarnos a nosotros mismos, de perseverar en el empeño a pesar de las posibles frustraciones, de controlar los impulsos, de aplazar las gratificaciones, de regular nuestros propios estados de ánimo, de evitar que la angustia interfiera con nuestras facultades racionales y la capacidad de empatizar y confiar en los demás.

Es, entonces, mantener un saludable equilibrio entre las emociones y la razón, ya que si el cerebro no las controlara, todo el tiempo actuaríamos impulsivamente, y por el contrario, si no tuviésemos emociones, el cerebro pensante sería incapaz de tomar decisiones.

El mismo Goleman recaba información sobre un estudio comparativo a nivel mundial sobre bienestar infantil, llevado a cabo por Une Bronfenbrenner, conocida psicóloga evolutiva de la Universidad de Cornell, en el que señala que «las presiones externas son tan grandes, que, a falta de un buen sistema de apoyo, hasta las familias más unidas están empezando a fragmentarse. La incertidumbre, la fragilidad y la inestabilidad de la vida cotidiana familiar afectan a todos los segmentos de nuestra sociedad, incluyendo a las personas acomodadas y con un elevado nivel cultural».

El texto continúa: Lo que está en juego es nada menos que la próxima generación –especialmente los varones-, que durante su desarrollo son especialmente vulnerables ante las fuerzas disgregadoras y los devastadores efectos del divorcio, la pobreza y el desempleo. El estatus de las familias y los niños estadounidenses es más inquietante que nunca […] Estamos privando a millones de niños de sus capacidades y de sus aptitudes morales (Goleman, Daniel, Inteligencia Emocional, pág. 198).

Por eso es necesario hacer un serio examen de conciencia y saber reconocer si es que hemos llegado a perder el control con arranques de ira o hemos caído en tristeza profunda o si hemos tenido comportamientos extremos que hayan herido a nuestra familia, para que hagamos el esfuerzo por vencer nuestro orgullo o temor y acudamos a algún grupo que pueda apoyarnos, porque de nuestra salud emocional depende el bienestar de quienes viven con nosotros, sobre todo, nuestros niños.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 9 de febrero de 2020 No.1283