Por Felipe Monroy

El crítico literario y filósofo, George Steiner sostenía que “las imágenes y las palabras narradas tienen un poder de fascinación en el alma humana muy superior a la palabra teórica”. Eso lo saben muy bien en Hollywood y un ejemplo magistral de esto lo vimos durante el discurso que el actor Joaquin Phoenix emitió al recoger su Oscar como mejor actor.

Como periodista he recibido muchos consejos de profesores y colegas; uno de ellos simplemente dice: desconfía de lo que diga un actor. Esa es la actitud que, por deformación profesional, debo reconocer tomé al escuchar el discurso de Phoenix. Y si bien dice el sabio que es malo no tomar consejos, también afirma que resulta peor mil veces tomarlos todos. Así que entremos con cuidado sobre las ideas vertidas en el mencionado monólogo.

“Debemos aprovechar para dar voz a quienes no pueden”. Así comenzó la reflexión del actor y no podíamos estar más de acuerdo. Esta es la función y la responsabilidad de quienes tenemos oportunidad de acceder a los medios y utilizar sus herramientas: Dar voz a quienes no tienen voz. Pero no sólo como visibles megáfonos amplificadores (como suele suceder en la industria del entretenimiento cuando un artista replica consignas ajenas en formas aparentemente creativas) sino implicándonos en aquellas realidades que claman en angustiante asfixia y, desde esa vulnerabilidad compartida, ofrecer nuestro propio silencio -además de nuestros talentos y medios- para que esas voces sean escuchadas y, principalmente, comprendidas.

Phoenix disertó sobre la imprescindible ‘lucha contra la injusticia’ y enumeró una serie de males que la sociedad contemporánea sostiene en pleno siglo XXI: racismo, intolerancia, colonialismo, depredación y consumismo. Y aunque los colocó todos en una misma canasta hay que mencionar que en su discurso confundió búsquedas de justicia que tienen que ver con la plena asimilación legal y social de expresiones culturales (tolerancia y derechos sociales) mientras que otras responden al orden de la naturaleza (dignidad humana y derechos de seres sintientes).

Con todo, es atinado el análisis del actor al condenar “la creencia de que una nación, un pueblo, una raza, un género o una especie tiene el derecho para dominar, controlar, usar y explotar a otro con impunidad”. También tiene razón al argumentar que “nos hemos desconectado del mundo natural y muchos de nosotros somos culpables de una visión egocéntrica del mundo”.

Y si bien es cierto que la lucha contra la primera creencia de dominación nos conduce a erradicar el racismo, la discriminación, la intolerancia, el abuso o el descarte del prójimo; hay luchas que disfrazadas de ‘justicia y derechos’ niegan la naturaleza (tanto la humana como la medioambiental), relativizan la vida y rechazan el cauce natural de su existencia con tal de obtener privilegios de clase, grupo o ideología.

No es un discurso nuevo, la feminista Barbara Smith -a quien no se le puede cuestionar su compromiso histórico con sectores vulnerables- denunció la perversidad de los ‘movimientos convencionales pro-derechos’ modernos: “No es posible alcanzar justicia en el vacío… Lograr derechos para algunos mientras ignoramos la violación y el sufrimiento de otros no conduce a la justicia; si acaso, su resultado es el privilegio”.

Como en las matemáticas, Phoenix llegó a una conclusión correcta utilizando un camino diferente al evidente. Desde el vegetarianismo y los derechos animales, el actor descubrió una dolorosa realidad que no se limita a la dieta humana: Phoenix utilizó un ejemplo sobre el abuso y dominación contra la vaca y su cría; pero el caso es perfecto y terriblemente homologable a las atrocidades que cometemos contra los seres humanos y su naturaleza enmascarándolas como ‘derechos’. Hoy no es raro encontrar movimientos que sin saberlo buscan la reducción de la naturaleza humana a simple mercancía, transformable sólo por la posibilidad tecnológica pero desamparada de toda ética o moral; ‘luchas’ que enarbolan falsos derechos mientras amordazan a la dignidad humana ante las ‘inexorables leyes del mercado’.

Finalmente, Phoenix reconoció que él no estaba exento de culpa y desde ese ‘yo confieso’ ahondó en la parte humanitaria más lúcida de su discurso: Habló sobre cambios personales necesarios que, con creatividad, no deben hacer pasar agrios sacrificios; destacó al amor y la compasión como principios rectores para obrar a favor del prójimo y la naturaleza; y, sobre todo, habló del perdón y solidaridad como ruta hacia la redención.

Fue un discurso provocador; y por supuesto habrá quienes regateen cada palabra y sigan desconfiando, pero habrá que recordarles que en ‘El erudito traidor’ Steiner publicaba: “Sólo un disciplinado control, una rigurosa humildad y un absoluto magisterio técnico pueden conducir a un artista, a una conciencia humana, a esa inmediatez de revelación mística que la razón genera pero que no contiene totalmente”. En la noche de los Oscar, Phoenix concluyó su discurso y recibió aplausos que por un momento sonaron como una delicada lluvia; afuera sí había llovido y sabemos que, como dice el adagio, el pobre y el rico no se suelen mojar igual.

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